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El último latinoamericano

  • Candaya reúne en un ambicioso volumen una colección de artículos consagrados al autor de 'Los detectives salvajes', de la mano de amigos, estudiosos y críticos

Tuvo siempre Roberto Bolaño (1953-2003) la intuición de que su caso sería el de un escritor póstumo. Y, en buena parte, el tiempo le ha dado la razón. Dedicado durante décadas a los premios literarios municipales como medio de subsistencia y a cierto empleo de la literatura como guerrilla, la adopción editorial por parte de Anagrama y la llegada de los premios importantes (Rómulo Gallegos, Herralde y el definitivamente póstumo Salambó a 2666) se produjeron de manera rápida, casi frenética, en la etapa final de su vida, condicionada por la enfermedad. Hoy, cuando Bolaño habla ya exclusivamente a través de su obra, el panorama crítico en torno a sus libros no deja de crecer ni de ganar perspectivas de futuro. La reciente publicación en Estados Unidos de la traducción de Los detectives salvajes ha despertado allí la misma pasión que suscitó aquí a finales de los 90: resulta que también es un libro fundacional en el mercado anglosajón. Y la adaptación teatral de 2666 a cargo del Teatre Lliure ha contribuido notablemente a prolongar la leyenda. Hoy, Bolaño es considerado un escritor de decisiva influencia en la generación de escritores que está al caer, una consideración que, de estar vivo, podría ser muy distinta. El caso es que Candaya acaba de publicar Bolaño salvaje, una colección de artículos donde amigos, estudiosos y críticos (bajo la edición de los profesores de universidades norteamericanas Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón Patriau) glosan la figura de un escritor radical, que definió su oficio "peligroso" como "tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, de salir a pelear".

Destacan, entre la marea de artículos, el de Jorge Volpi, quizá el más certero por desapasionado, que se refiere a Bolaño como "el último autor latinoamericano", ya que considera que, tras su muerte, sólo podrá haber escritores mexicanos, chilenos, colombianos o venezolanos, nunca latinoamericanos, en el sentido que la literatura latinoamericana ha dejado de existir, al menos como marca o símbolo; Enrique Vila-Matas, después de su famoso "carpetazo genial a Rayuela", se empeña en desentrañar los vínculos entre Los detectives salvajes y La vida instrucciones de uso de Georges Perec para insistir en la necesidad de conceder protagonismo al estilo por encima de la trama a la hora de escribir novela en la actualidad; Rodrigo Fresán bautiza a Bolaño como "samurai romántico", a cierta imagen del Don Quijote que enlaza las armas y las letras, ya que encarna el prototipo de escritor absorbido por su propia obra: tras el golpe de Estado en su Chile natal conoció la desnutrición en México, donde se dedicó poco más que a leer y a fornicar y donde perdió algunos dientes y buena parte de su capacidad visual (luego, en Barcelona primero y Blanes después, pasaría por campings y diversos antros hasta enfrentarse a la enfermedad y la literatura, con un plazo improrrogable para escribir la monumental 2666); Alan Pauls se acerca al Bolaño poeta que escribió novelas ("Los detectives salvajes exuda poetas") y que, tras firmar el manifiesto de los infrarrealistas, se dedicó en México a boicotear las lecturas y actos literarios protagonizados por Octavio Paz, a quien tanto llegó a amar después; y Juan Villoro pinta al Bolaño amante de la discusión y la batalla, capaz de sostener las ideas más indefendibles para mantener caliente, con socrática vocación, el nivel de la conversación. Sólo hablar es en el autor una acción política.

Una entrevista inédita y un documental de Erik Haasnoot en el que se echa de menos al propio Bolaño completan una aventura editorial necesaria y, cierto, canónica.

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