El vacío y el aburrimiento que provoca

Ir ligero de equipaje es una sabia medida que cualquier viajero recomienda, y está la máxima del más es menos. Y más ejemplos. Pero si a una película le quitas la estructura y borras cualquier rastro de trama lo que te puede quedar es una pretenciosa y vacía tontería como Rafael. Con experimentos como este de Xavier Bermúdez, entran ganas de sumarse a aquello de que inventen otros, sea Godard, J. J. Abrams o Jerry Bruckheimer. Como las órdenes de alejamiento no existen en el cine -deberían ser dadas por la taquilla, pero en España eso no importa-, es posible que Xavier Bermúdez vuelva a delinquir.

Rafael es una cosa episódica, con titulines y todo, que siempre se centra en Rafael, un funcionario gallego diríase que oligofrénico, pero que Bermúdez presenta como un mirón bipolar. Poco más. Rafael mira y mira, no trabaja, fuma porros, nunca cambia de expresión y es sexualmente voraz. En fin, si una mujer se acerca a semejante personaje es que no rige.

El estilo de Bermúdez es tan rutinario y prosaico, que lo de experimentar con la ausencia de estructura es sospechoso: ¿sabría poner orden a lo que quiere contar? Por cierto, ¿qué quiere contar? Y, peor aún, ¿a quién le importa?

Mucho sexo es lo muestra este largometraje tedioso y largo, muy largo, que pese a los pezones y las tetas, los culos y los polvos, no hace más que provocar bostezos. Entre Truffaut y Tinto Brass, dos posibles influencias de Bermúdez, el filme naufraga por la incapacidad de que alguien llegue a interesarse por los paseos del protagonista o sus trabajos de sexo oral. Rafael es un soso al que le puede partir un rayo, y la culpa es de su creador: Xavier Bermúdez.

Sin guión, sin brillantez formal alguna, sin un actor capaz de echarse la película a los hombros, y sin nada de nada, los 116 minutos de Rafael son más que excesivos. Quien se aventure a soportarlos quizá se haga esta pregunta: ¿estuvieron cinco semanas rodando esto? ¿Por qué? Tal es la impresión de innecesariedad que produce. Y para haber usado un lenguaje cinematográfico ajado y vulgar, es demasiado tiempo.

Su condición de filme gallego orgulloso de serlo -es el idioma, lengua o dialecto que más usan los personajes- puede explicar que se haya recibido financiación y esas cosas. Bermúdez debe de pretender jugar en la liga de los autores -dirige y escribe-; no se debe permitir que esas pretensiones sean escuchadas, porque el vacío y la torpeza no son buenas.

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