El verano de las vidas de los otros

Teatro Cánovas. Fecha: 13 de febrero. Texto y dirección: Alfredo Sanzol. Producción: Centro Dramático Nacional y Lazona. Reparto: Natalia Hernández, Elena González, Pablo Vázquez, Juan Antonio Lumbreras y Paco Déniz. Aforo: Unas 300 personas (más de tres cuartos de entrada).

Como ocurre a menudo, para ver la trilogía completa sobre la identidad de Alfredo Sanzol (que incluye Risas y destrucción, Sí, pero no lo soy y Días estupendos) de un tirón había que ir a Sevilla. En Málaga se representó hace un par de años Sí, pero no lo soy con un montaje bastante reducido por razones físicas en la Sala Gades y este fin de semana pasado llegó al Cánovas la última pieza del trípode, Días estupendos. Menos da una piedra, desde luego. Alfredo Sanzol continúa indagando en el asunto de la identidad a través de sus microhistorias, con personajes más apuntados que construidos aunque tan tremendamente familiares que les bastan un par de claves para hacerse perfectamente reconocibles. El verano, anunciado como verdadero argumento del espectáculo, es en realidad una excusa que ni siquiera ejerce una función de marco común: lo que une a estos personajes son sus identidades perplejas, imprevisibles, sentenciadas. Como el torero que llora desconsoladamente tras haber atropellado mortalmente a su gato o el terrorista de ETA que, tras salir de la cárcel, regresa a casa con el estuche de una guitarra y descubre que su mejor amiga se ha casado con un militar. Lo que se es, lo que no, lo que se pretende ser y lo que jamás se será se encarna en este juego de espejos que es Días estupendos, donde la escenografía, de notable realismo, evoca constantemente el ambiente bucólico propio de las vacaciones aunque ya desde el principio el público comprende que tampoco en lo que se refiere al espacio nada va a ser lo que parece.

En esta obra, Sanzol juega también, y mucho, con el tiempo. Cuando se trata del verano lo más fácil es tirarse al mar de la nostalgia, y en Días estupendos los personajes no resultan decisivamente nostálgicos, por más que algunos, como el guardia civil que reprende a una chica de la que se enamora por practicar el nudismo ("Cuando muera Franco nos desnudaremos todos", le advierte), sí remitan a otras épocas. Pero no hay ningún ánimo de recordar nada, ni de establecer distinciones entre el pasado y el presente. El tiempo es, precisamente, un juego que se desliza y por el que se termina preguntando al espectador respecto a su propia identidad. En su forma, el montaje se parece a uno de aquellos tebeos de antaño que contenía una historieta en cada página; en su fondo, persiste una unidad que habla de la naturaleza humana, y no precisamente en términos positivos. Muy a pesar del humor que lo llena todo y que impregna ciertos momentos de un regusto a Jardiel Poncela. Se trata, claro, de reírse, aunque no se confíe demasiado en el otro.

El otro gran soporte de Días estupendos es su reparto. Sorprende el modo en que los cinco actores trabajan en una constante directriz de equilibrio, casi artesanal, y al mismo tiempo con una magistral economía de medios. No hacen falta cambios de vestuario ni impostaciones para alumbrar toda la jauría que se sube al escenario. Y este mismo trabajo interpretativo reproduce con fidelidad lo que pretende el texto: lo que uno cree entender del otro es una ilusión. Por más que el equilibrio con ese otro siga siendo necesario para uno mismo.

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