joaquín berges

"En mi vida no cabe la crueldad, ni siquiera cuando hago ficción"

  • El zaragozano regresa con 'La línea invisible del horizonte', una novela sobre las segundas oportunidades y "un canto a la vuelta a la naturaleza"

Dice Joaquín Berges que en Zaragoza, donde vive y donde nació hace 49 años, "si vives en un piso alto, a partir de un octavo para arriba, puedes ver el Pirineo". Si eso es lo que ocurre, asegura este escritor tardío -publicó su primer libro hace un lustro- aunque de éxito inmediato, si te asomas para mirar desde esa altura en su ciudad, es imposible no empezar a fantasear mientras diriges la mirada allá a lo lejos porque "identificas esa vista con la libertad y todos, quién no, muchas veces nos sentimos cautivos de algo". Es lo que hace el protagonista de su cuarta novela, La línea invisible del horizonte, editada por Tusquets como todas las anteriores, sólo que este hombre en la ficción, un médico terriblemente asfixiado por los remordimientos tras un fatal episodio que se va desvelando poco a poco, no se limita a soñar despierto y se lanza a una huida incierta y desesperada -de la ciudad, de la culpa, de sí mismo- que se interrumpirá en las inmediaciones de un minúsculo pueblecito (ficticio) en la comarca de Sobrarbe, en las montañas de Huesca, de modo accidental, "como suceden las cosas en la vida", tras atropellar a un jabalí.

Así arranca una historia que el autor define como "una terapia", la de un hombre que busca "reencontrarse a sí mismo" y "redimir sus culpas", así como "un canto a la vuelta a la naturaleza". Bien podría ser también para el lector, añade sonriendo, "como pasar nueve días de vacaciones en un pueblo perdido del Pirineo con una gente encantadora y además con todos los gastos pagados", exceptuando el de la novela donde se cuenta todo esto, se entiende.

A diferencia de sus trabajos anteriores, y decimos trabajos pues el propio Berges cree mayormente en la literatura "como artesanía", esta nueva novela, tras El club de los estrellados y especialmente Vive como puedas y Un estado del malestar, "que eran dos comedias clarísimas, la primera de enredo y la segunda satírica", responde al intento de este escritor zaragozano de "evitar el encasillamiento". "Yo lo primero que soy, antes que cualquier otra cosa, es lector. Y por lo tanto soy mi primer lector, de modo que si me repito y me dedico a reproducir la fórmula de libros anteriores porque me dieron éxito, el primero que se va a aburrir seré yo, y después mis lectores, y como no quiero que eso pase por eso prefiero intentar sorprenderme a mí mismo para sorprender también a mis lectores".

En esta buscada "reinvención", el sentido del humor sigue estando presente, pero ya no con tanto protagonismo. "Me puse ese reto. Por eso busqué una historia que requería un tratamiento un poco más serio, de mayor profundidad. De todos modos, yo no puedo prescindir del humor, no sólo en la literatura, tampoco en mi propia vida, porque siempre he tenido grandes dificultades para tomarme en serio en primer lugar a mí mismo, y eso me parece muy sano", dice el novelista, que sin hacer demasiado ruido, gracias sobre todo a las recomendaciones de los libreros y al boca a boca de sus lectores, ha encontrado un público muy fiel a sus historias sobre personas torpes y buenas, inmaduras y atribuladas, con frecuencia ligeramente extravagantes.

"La literatura surge de la insatisfacción. Yo, al menos, reconozco que si estuviera levemente satisfecho con otras facetas de mi vida no escribiría. Si es que además escribir es un ejercicio muy complicado, es algo que hay que hacer a diario, que implica muchísimo trabajo... Pero a mí me funciona como una especie de terapia y por eso creo que mis personajes reflejan siempre ese viaje desde la insatisfacción hasta no se sabe si la satisfacción pero al menos sí hasta la redención. Ojalá todos nosotros tuviéramos las mismas oportunidades de redimirse que yo siempre les ofrezco a los míos... No me gusta hacer leña del árbol caído, tengo una mirada... lo dijeron en un periódico y me da cosa decirlo: cervantina. Imagino que se referían a que soy amable con ellos, compasivo".

Ese es el filtro con el que observa también el autor a la quincena de habitantes de ese idílico pueblecito en el que casi todo el mundo, por otro lado, esconde algún secreto que Javier, el médico atormentado que va buscando a tientas aire para respirar, se propondrá desentrañar en esta novela que Berges considera "un simulacro de la vida", un simulacro agradable, reconfortante, lleno de esperanza, porque él, dice, "en la vida", es así: "En mí no cabe la crueldad, ni siquiera cuando escribo ficción".

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