El viejo rock nunca muere, ¿no?

  • Lenny Kravitz publica su octavo álbum, 'It is time for a love revolution', en el que no hay sorpresas

Tras tocar fondo con el plomizo Baptism (2004), uno de esos discos capaces de asesinar una carrera, Lenny Kravitz reaparece con un nuevo álbum, y van ocho, en el que el reloj vuelve a estar parado en 1973 pero esta vez no molesta tanto. It is time for a love revolution (2008) supone una suerte de recuperación del mago del retro rock. Sin cambiar de ideario e intenciones, al menos este octavo capítulo de su carrera nos lo devuelve con canciones bajo el brazo. Eso sí, su punto de mira está ahora fijado en Led Zeppelin, y en el garage.

Qué fácil sería masacrar este disco, la verdad -muchos ya lo han hecho-, pero no tiene sentido. Ni de lejos esto es un mal disco -por favor, no olviden que podría ser Baptism II-, simplemente es otra ración de nostalgia sepia, de rock de museo, de retro revivalismo o lo que sea. Un aviso, creo que innecesario: a quien le disgusten los pastiches que ni se acerque a su myspace. Aquí, el autor de Mama said vuelve a disfrazarse de Curtis Mayfield, Prince, John Lennon, Jimi Hendrix, además de probarse la piel de Bowie, Red Hot Chili Peppers, The Rolling Stones y Led Zeppelin.

El que creíamos que era una estrella del rock, sus ventas y su forma de vida nos llevaron a pensarlo, dice ahora que no, que él es un tipo espiritual no y que incluso es célibe. En su música no se nota el cambio, pero es que en su obra nunca se ha notado casi ningún cambio, salvo que unas veces tiene canciones y otras no. De todos modos, Kravitz se lo monta solo en el estudio, esto no es nuevo -lo aprendió de Stevie Wonder y McCartney-, y se saca de la manga un álbum casi a la altura de Are you gonna go my way?

Se nota cierto impulso en la apertura del álbum, con las sucias Love revolution y Bring it on -cuando suena limpio el truco pasa peor-, pero también en el medio tiempo de If you want it -aunque aquí los ecos del pasado casi son para llamar a un abogado-. Pese a la mejoría, aún quedan restos de crisis creativa galopante: A long and sad goodbye es sonrojante con su solo terrible y el piano a lo Elton John, del malo. Y aquí hay muchos solos onanistas, claro que sí. El momento funk lo sirven Dancin' til dawn, Love, love, love y Will you marry me, y ni bien ni mal, pero demasiado descafeinado -normal en un hombre que dice ser célibe-.

Para haber estado a punto de ahogarse en una ciénaga -en serio, repasen con ironía Baptism-, este It is time for a love revolution es como un baño en una piscina de lujo, en la que Kravizt podría estar rodeado de modelos superficiales que no saben que lo que Lenny toca ya se ha hecho antes y mejor -tanto él como los creadores originales-. Esta es una revolución tan superficial que ni él mismo debe de creérselo, pero el título mola, ¿no? Ay, qué cosas.

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