La voz como encarnación

Festival de Teatro. Teatro Cervantes. Fecha: 9 de febrero. Dramaturgia, interpretación y dirección: José Sacristán. Selección e interpretación musical: Calia Álvarez (violonchelo). Aforo: Unas 900 personas (lleno).

Durante la representación de Caminando con Antonio Machado en el Cervantes pensé en el gustazo que debe ser ver semejante espectáculo en una sala mucho más pequeña y cálida. En parte, la nostalgia respondía al ejército de toses, móviles y envoltorios de caramelos a los que tuvo que enfrentarse Sacristán durante la función. Ya se sabe que el actor llena los aforos más grandes allá donde pasa, y esto es muy de agradecer; lo que sucede es que aquí quien habla a través del intérprete es Antonio Machado, y lo hace, secundado por las melodías populares de un humano violonchelo, diciendo sus cosas al oído. No es nueva la idea de que, con estos versos a favor, basta apenas superar el umbral del silencio para arrasar los corazones más pétreos, pero todo apunta a que la desnudez formal de proyecto, recital encarnado en espejos dramático, fue pensado para ocasiones más íntimas; y son ésas las que se echan de menos cuando Machado /Sacristán evoca a Juan de Mairena, a su infancia, a la soledad y al mar.

Esa encarnación se da, en esencia, en la voz de José Sacristán, un instrumento afinado, preciso y dotado de resonancias quiméricas. Cuánto debe volver a considerar el teatro español la voz como un patrimonio escénico. Sacristán, el último de su estirpe, es el modelo idóneo. Su entonación, su gravedad, su hondura y su fuego refuerzan el eterno abrazo que es la poesía de Antonio Machado. Sólo cabe aquí la conmoción. El rasgo de estar vivo.

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