A vueltas con el género, ¿qué pasa con los personajes?

Por mucho que críticos y otras especies lo pongan en entredicho, el cine de género parece ofrecer aún atractivos suficientes y no faltan quienes lo practican con fervor religioso. Naranjo en flor es un ejemplo académico, con un policía atormentado que encuentra consuelo en un antihéroe (aquí Sabina, cliché un tanto forzado), una chica que esconde un terrible secreto, trasfondo de corrupción, un malo cuya intervención se aguarda en este caso con más resignación que impaciencia y ambientes depresivos, sazonados al caso con los tangos de Astor Piazzolla y las pistas de baile. Todos los ingredientes responden al molde presentado en otro tango, éste más clásico, Naranjo en flor, ya saben, el que recomendaba sufrir, amar, partir y después andar sin pensamiento, por este orden. La película, por aquello de la determinación del azar, recuerda a los Coen de Sangre fácil, pero el principal problema es que González-Vigil se empeña en mostrar lo bien que domina el género (véase el cansino recurso de la voz en off) y se olvida de lo principal: que los personajes son personas, y que sus reacciones deben responder a elementos humanos, no a reglas convenidas. A la vida, no al cine. Lo otro, aunque esté bien interpretado, aburre.

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