Opinión

Carlos Villarrubia

Periodista, escritor, letrista y autor multimedia

Juan Lebrón y El Torcal de Antequera

Agua de las piedras extraen los aladinos que de cuando en cuando aparecen por el margen, generando espacios, por siempre on the road again. Ahí encontré a mi gran amigo Juan Lebrón, mirada de pionero, latido ilusionado del niño que se resiste a crecer. Como escribo en el capítulo que le dedico en mi reciente libro Placeres compartidos, Juan tenía el vértigo en las venas y el latido del creador en la utópica esperanza. Y casi de la nada, por arte de birlibirloque, como los viejos rockeros con las botas gastadas pero aún relucientes por el mágico vaivén del camino, supo levantar la mirada y descubrir la geografía que le rodeaba. Ser de Antequera marca y tener un paisaje cuasi lunar o si se quiere marciano a dos palmos de tu casa es un reto para quien siempre ha apostado por documentar la belleza. Yo, que siempre ando perdido jugando por los bazares de la utopía, le dije amén de inmediato. Y con mi literatura nómada, que no portátil, empecé a sugerir textos para imágenes y a recoger la llamada del paisaje. Porque somos geografía y en la vinculación con la naturaleza recuperamos rama en el árbol de la memoria. Hoy -casi treinta años después- el Torcal es el testimonio en imágenes de lo que puede la fe de los pioneros y el recuerdo de lo que podemos construir cuando amamos lo que nos rodea con intensidad y sin melindres existencialistas. Si Juan estaba en Torcal, también flotaba la voz de Rafael de Penagos, caballero de exquisita galanura y buen paseante de los ritos románticos, a quien tuve luego oportunidad de dirigir en el audiovisual Expo 92 en tu recuerdo y con quien tantas sobremesas compartí por calle Colombia-Madrid y por los salones de El Espejo. Hay una manera de trazar puentes de concordia con la vida, sentir y pasear por los días con intensidad y en ello fue maestro Antonio Betancort, alma atlántica capaz de trasladar a imágenes, con su maestría realizadora la magia dormida que aleteaba en el Torcal. Y la fotografía de Aguayo, todo una leyenda en el cine español. A toda esa congregación de locos nos embarcó divinamente Lebrón para empezar a levantar los pilares de una productora que ha dado cosecha de solera reservada a la cinematografía y a la televisión de nuestros alres. Hoy soy un poco más escritor, letrista, guionista o lo que ustedes me quieran llamar gracias a la fortuna de encontrar en mi camino a alguien capaz de apostar por la locura posible, por la utopía presentida, como mi gran amigo Juan Lebrón. Nos mira sí el Torcal de Antequera desde su presente intemporal de sabia quietud. Ciencia de la paciencia.

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