La Recachita

nacho artacho

De alguna manera, Tintoretto

Me viene una gana politica de ceder el cetro y el foco a una criaturita simple

Los hay más salerosos, indiscutiblemente. Este mío no parece amigo de cabriolas ni monerías. Uno lo ve ahí, plantado en el centro de la escena, y no le imagina carreras por el prado ni gorriones perseguidos. También los hay más guapos, tanto que se les va derramando el pedigrí cuando andotean. Al chucho, en cambio, se le adivina en el lomo una historia de violencia. Los costillares y las pulgas asoman bajo el pelaje a poco que se menee y el modo en que pierde la mirada tiene un no sé qué de abandono y un qué sé yo de tontuna.

En lo que nadie iguala al perro del Lavatorio es en saber estar: no hay bicho viviente que aguante con tanto empaque la presión de los focos. Cuando Tintoretto aceptó el encargo de decorar las naves laterales de la iglesia de San Marcuola, en Venecia, no sabía aún que iba a hacer saltar por los aires los esquemas compositivos de la pintura. Desplazó a un extremo del lienzo el motivo principal del pasaje evangélico -un Cristo remangado y con mandilón, dispuesto a enjuagar los pies del primero de sus apóstoles- y reservó el lugar destacado de la tela a nuestro protagonista. Todo orbita en torno a él: el esfuerzo de unos al descalzarse y la sobremesa calmosa del resto. Ni siquiera la arquitectura imposible que da fondo al cuadro se entiende sin la presencia del animalillo.

En semanas como ésta, envidio a Tintoretto. Y no tanto por la facilidad para entrar en la luz y sus ángulos -que también- como por el don de fluir y descabezar la realidad. Hay días en que, como a Vallejo, me viene una gana política de mandar al margen del escenario el procés y sus extradiciones, los goles de chilena y las polémicas arbitrales, los misiles renovados, los másteres en diferido y la madre que los parió a todos. Y, de alguna manera, ceder el centro y el foco a una criaturita simple y silenciosa, capaz de aliviarte la mañana a lengüetazo limpio. Incluso si tiene pulgas.

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