Calle Larios

Pablo Bujalance

Ahorradores

PARECE que Juan Cassá y sus correligionarios están satisfechos: el pacto con Ciudadanos ha obligado al alcalde a reducir de 34 a 17 el número de cargos eventuales y a cifrar un tope de 100.000 euros para los sueldos de los gerentes (la referencia en las negociaciones había sido el sueldo del mismo Francisco de la Torre, que sin embargo superarán una quincena de altos cargos; tal vez la referencia ha pasado a ser Donald Trump, aunque sea de lejos; pero esto merecería un artículo aparte). El recorte, tal y como recordaba ayer el mismo Juan Cassá en las redes sociales, permitirá al Ayuntamiento ahorrar 1,1 millones de euros, lo que no es poco. Ciudadanos da de esta manera por cumplidos sus objetivos respecto al cambio tranquilo: la nueva política consistía en evitar los derroches, y desde luego no está nada mal que así se haga (no parecía tan difícil, ya ven). No obstante, conviene preguntarse ahora qué va a hacerse con el ahorro. Reducir los gastos es loable, pero la política municipal no consiste (sólo) en esto; lo verdaderamente difícil será invertir lo ahorrado para que lo que no funciona funcione. Y aquí está el quid de la cuestión. Las subidas de impuestos suscitan de manera directa las críticas de muchos, lo que resulta lógico; pero existe un problema mayor: que los impuestos suban y esto no se perciba en la vida cotidiana de la gente, en los servicios, la limpieza y el trasiego de la ciudad. De esto sabemos un rato, y la impresión de pagar para nada no es precisamente agradable. De igual modo, no sería de recibo que en los próximos meses cundiera la sensación de que el ahorro se ha ido a donde no tenía que irse. A donde menos lo notan sus primeros beneficiarios legítimos.

El ahorro es una oportunidad para hacer cosas, claro. Pero no servirá de nada si los esfuerzos por ajustar la administración público no vienen aparejados de una idea de ciudad. Un millón de euros al año daría para poner proyectos en marcha y arreglar ciertas carencias. Pero peor aún que la falta de recursos es una visión de Málaga como tarta a repartir con una guinda en lo alto; como escaparate artificial en el centro para el desembolso de los turistas con los barrios desmantelados, sucios y desmerecidos; como atrezzo para ocasiones internacionales que se esfuman con el viento sin consideración a quienes viven en sus calles. Estaría bien, entonces, que además del ahorro (que, insisto, es divino), Ciudadanos condicionara su apoyo en el Ayuntamiento a las buenas ideas, a proyectos reales para hacer de Málaga una ciudad atractiva para el mundo y para su gente. Pero el talento no se compra. Se da o no se da.

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