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Alguna duda sobre la verdad

Fueron los griegos los que se ocuparon con intensidad de interrogantes sobre el pensar discursivo

L A desazón que a muchos está causando todo lo que se está diciendo y escribiendo sobre lo que se ha dado en llamar la posverdad o, de otra manera, los hechos alternativos, no tiene pinta de que se cure fácilmente. Y, menos aún, de que sea una polémica pasajera que pronto va a pasar al olvido. Aparecerán nuevos términos para seguir con la discusión, que es real y sin duda terrible. Y es que, si uno analiza el entramado filosófico e histórico que subyace a esos conceptos, puede caer en una depresión incurable si su deseo es, como parece lógico, que se cumpla el principio de que lo que es verdad es verdad y lo que no lo es pues no lo es. O sea, una clara línea roja entre la verdad y la mentira. Es lo que los filósofos llaman el principio de contradicción que viene a decir técnicamente lo que muchas veces decimos de broma, que lo que no es no es y, además, es imposible.

Pues no son tan sencillas las cosas como nuestro sentido común parece indicarnos. Y tampoco es novedad esta controversia teórica que ahora nos tiene enganchados. Ya, desde el comienzo del pensar reflexivo, se están planteando cuestiones sobre la verdad y lo que esta es y significa. (Un libro publicado a finales del siglo pasado ya incluía casi treinta concepciones diferentes sobre el concepto de verdad). Fueron los griegos los que se ocuparon con intensidad de interrogantes sobre el pensar discursivo, sobre lo que es y no lo parece o lo parece y no lo es. Ejemplos para mostrar estas contradicciones los hay a montones, pero, por elegir uno muy conocido, valga el que los manuales llaman "el problema de Protágoras".

Este había enseñado a ser abogado a un discípulo y lo había hecho a condición de que, cuando ganase su primer pleito, le pagaría. Pero este, ingrato, decidió abandonar el derecho y, por tanto, no pagarle lo que le debía. Enfadado Protágoras por la deslealtad y la no cobranza, decidió demandarle. Pensaba que, si ganaba el juicio, cobraría y, si lo perdía también porque sería el primer juicio ganado por el discípulo, que entonces tendrá que pagarle. Pero muy otro era el razonamiento del discípulo: si perdía el juicio, no se daba el requisito previsto y le liberaba de su compromiso y, si ganaba, pues tan pancho. La paradoja ha sido estudiada y analizada en multitud de ocasiones y hasta utilizada en algún juicio. Todos estos juegos del lenguaje y la mente pueden producir mucha preocupación.

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