el espontáneo

Alguna vez

ALGUNA vez me daré cuenta de que llueve, alguna vez me daré cuenta de para qué sirve este montón de llaves que no sé qué puertas abren, alguna vez me daré cuenta de que la raya del pantalón está torcida, alguna vez me daré cuenta de que el reloj de pared existe, que existen sus campanadas a media noche acompañando mi insomnio. Alguna vez me daré cuenta del tiempo, del óxido de aquellos dedos elegantes con guantes negros que creí que me acariciaban, de mis libros al tresbolillo, de la elegancia de los retratos de familia plasmados en óleos de lienzos alargados de colores violáceos de Anglada-Camarasa, del sonido de la lluvia raquítica en canalones de plomo, de los bodegones de Morandi en la pared blanca que separa al trinchero del aparador con soldados de plomo, del musgo del jardín trasero, de la foto de mirada desorientada del tío Ernesto sujetando la pipa con dos manos, del provincialismo bizco mental, de las vías del tren que nunca llegan, en uno de los vagones llevando a Godot: lógico. De las nubes cansadas, como muchachas de provincias timoratas, de las nubes que nacieron bisagra entre el cielo y la línea del horizonte, de los monólogos entre gatos de color azafrán. Preguntas tontas sobre el pecado, de la ciudad herida por la avaricia sin fondo de personajes canallescos con leontina de oro y alma de alcayata.

Alguna vez sabré por qué aquel día lluvioso de San Valentín tía Clotilde, tan callada, tan sumisa, sin decir ni mu, hizo mutis por el foro y cogió solamente aquel viejo abrigo de astracán que le llegaba hasta los tobillos junto con la maleta de cuero, plantando al tío Ernesto y partiendo en un pequeño departamento de un tren de la compañía Wagon-Little-Cook con rumbo desconocido. Como rastro, dejó unas bolitas blancas de alcanfor que yo utilicé durante algún tiempo para jugar al gua y leer tebeos. Tía Clotilde era el icono cultural de la familia con la elegancia que da el óxido a los metales.

Al final, el tiempo inexorable, la Historia aparentemente repetitiva, pero no igual. Epígono raquítico con imaginación de cartón haciendo piruetas con intrigas de salón en el gran proscenio de la vida.

Después de todo, todo ha sido nada, a pesar de que un día lo fue todo. Después de nada, o después de todo supe que todo no era más que nada. Qué más da que la nada fuera nada si más nada será, después de todo, después de tanto todo para nada. (Del poema Vida, de José Hierro).

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