El lanzador de cuchillos

Uno de los nuestros

A ver, Gregorio, estamos hasta los cojones de ti. Otra declaración más y tu familia corre riesgo de morir. Fuera de Euskadi, cabrón". Eran los chulos del barrio, los que decidían sobre vidas y haciendas, los que marcaban con una diana las casas de los disidentes y con un giro del pulgar condenaban a muerte sin juicio ni apelación. Pero Goyo no se arrugaba. Era un tipo que hablaba clarito: "Los etarras son escoria y la basura tiene que estar en las cloacas". Sin medias tintas ni concesiones a la prudencia, que es el disfraz detrás del que suele esconderse la cobardía.

En aquellos tiempos los muertos se limitaban a aguardar el turno de su asesinato, ordenadamente y sin protestar, cada uno a su tiempo y en su lugar. Estaba autorizado por la corrección política repudiar la violencia de los asesinos, pero ni una palabra más: hasta las concentraciones contra los crímenes debían hacerse en silencio porque sólo el pacifismo renunciativo podía aspirar a alguna simpatía frente al terrorismo. El desprecio sonoro con el que Gregorio Ordóñez se dirigía al mundo etarra era, pues, una anomalía, una rareza. Entendió desde el primer momento que lo que de verdad hacía daño a ETA no era la reprobación moral, sino el combate político. Por eso se convirtió en un objetivo prioritario de los asesinos. Y lo mataron, un día lluvioso de enero, mientras comía con unos compañeros en la Parte Vieja de San Sebastián. Han pasado veintitrés años. Hoy su asesino potea por el barrio donde le disparó a quemarropa y la nueva estrella del periodismo progre blanquea en la televisión la biografía de sus compinches. Queda la discreción y la firmeza serena de su viuda, que se tuvo que enfrentar sola a la tarea de criar sin odio a su hijo Javier, hoy veinteañero, al que escuché hace unos días hablar de su padre con legítimo orgullo. Queda Consuelo, la hermana tenaz y valiente, siempre en primera línea de la batalla contra el olvido. Quedan pocos más, no nos engañemos. El Partido Popular ni está ni se le espera. Para sus antiguos compañeros el cadáver de Goyo es un estorbo, un fantasma del pasado. En estos tiempos de confusión moral se han entregado con entusiasmo al viejo aforismo flaubertiano. Ya saben, el que asegura que la historia, como el mar, es hermosa por lo que borra.

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