Paisaje urbano

Eduardo / osborne

Que no

LA negativa de los griegos a aceptar las condiciones impuestas por la llamada troika para seguir financiando su economía y evitar la inminente quiebra (default, en la jerga de los finos analistas) no es una negativa cualquiera, y sangra por la herida de la pobreza. No es un no sosegado, ni siquiera técnico, basado en sesudos análisis económicos y financieros, y mira que algún gurú como Paul Krugman se ha prestado a ponerle brillo a la tarea. Que no, hombre, que no, parecen decirnos los descorbatados dirigentes de Syriza mientras la bulla ondea al aire de la Acrópolis sus banderas a rayas azules.

Que no, señora Lagarde, que no estamos dispuestos a que nos recuerde cada día lo flojos que somos, unos parásitos que nos gastamos el dinero de su FMI y de nuestros socios europeos en continuar la fiesta, como si no hubiese pasado el tiempo desde las juergas dionisiacas que cantara Pericles. Que no, señor Draghi, que para este viaje no hacía falta esas alforjas, que para estar condenados de por vida a soportar la soga de una deuda impagable siempre hay tiempo, y que en mi hambre mando yo, como ha dicho alto y claro el pueblo soberano. Que no, señora Merkel, que cuando Alemania precisaba de una economía expansiva para salvar su proceso de reunificación bien que se le daba a la manivela, y entonces todos éramos respetables ciudadanos europeos.

Que no, cínicos burócratas de la vieja Europa, que aquí nos conocemos todos. Hemos tenido que ser nosotros, los más pobres y miserables de la mal llamada Unión, casi en la tierra del turco, los que les hemos recordado a ustedes, y de paso al mundo, que hay una cosa que se llama Política que se inventó hace muchos años, precisamente aquí, bastante antes de que fuese ninguneada por los mercaderes sin escrúpulos, esos mismos que nos dan hoy lecciones de civismo y democracia.

Posiblemente estos argumentos que hemos escuchado estos días tengan su parte de trampa, Grecia mucha parte de culpa, y ese trapecista intrépido de Tsipras cuente con la red que le procuran factores estratégicos y geopolíticos, pero la legitimidad y el valor político de su nueva posición de cara a la negociación es un hecho incuestionable, y un aviso a navegantes. En las frías oficinas de Bruselas hace tiempo deberían haberse enterado que en la pelea bíblica el personal siempre prefiere a David que a Goliath, aunque aquél no pagara ni la cuenta del bar de la esquina.

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