Al parecer el autobús se ha convertido en un arma política de primera magnitud. Se ha valorado tanto la originalidad y el espectáculo que ya cualquier ocurrencia, por estrafalaria que parezca, puede llegar a convertirse en una acción reivindicativa. Una vez más, el continente ha ganado al contenido y la publicidad vence sobre el mensaje. Se puede entender que grupos marginales, con dificultades de acceso a los medios de comunicación, recurran a estas fórmulas para llamar la atención de la ciudadanía y tratar así de hacerse un hueco en el saturado mundo de los reclamos comerciales. Pero que una formación política con un contundente grupo parlamentario y con facilidad para tener presencia en prensa, radio y televisión sea la que se preste a estas travesuras publicitarias denota una inclinación al histrionismo político que encierra alguna carencia sustancial. El trazo grueso y la coreografía agresiva han sustituido a la reflexión y al discurso. Se prefiere la protesta a la propuesta y el éxito no se busca en la solidez de los planteamientos, sino en la publicidad de las actuaciones. Con esta actitud se está banalizando la acción política y se convierte en una guerra de reclamos lo que debiera ser un trabajo parlamentario más serio y contundente. Parece ser que las proposiciones de Ley, las interpelaciones, las comisiones de investigación o cualquier otra actividad parlamentaria palidecen en eficacia e importancia ante una buena agitación propagandística, recurriendo, por otra parte, al viejo sistema del hombre anuncio, en este caso, motorizado.

Un juego dialéctico sobre los sinónimos de indiferencia, recurriendo a expresiones vulgares como "me la suda" o "me la refanfinfla", dichas desde el escaño de diputado, por muy originales que puedan parecer, no pueden sustituir a la crítica fundamentada y razonada que se diga sin grandes excesos verbales. La política no tiene por qué ser aburrida, pero tampoco puede convertirse en el campo de la frivolidad, y el excesivo afán de notoriedad permanente nos puede llevar a un concurso de ocurrencias vacuas, que conviertan a la política en un espectáculo divertido pero carente de contenido y efectividad. Tratar sin rigor alguno la corrupción política, paseando por las calles de las ciudades rostros de personajes públicos, con notoria e intencionada confusión, nada aporta a la lucha contra esta lacra aunque llene de satisfacción picarona a los autores de la ocurrencia.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios