La tribuna

Antonio Vargas Yáñez

EL CARNAVAL DE CARRETERÍA HILL

LA arquitectura de la ciudad es la fotografía en piedra de la sociedad que la construyó. La del centro de Málaga, del color tierra de los palacetes del XIX que aún resisten en sus calles, refleja una historia cíclica en la que después de ser puntera en la primera mitad de aquel siglo, se quedó dormida durante cien años. Hasta que un Príncipe Azul le construyó un beso que la despertó sin avisarla de que al final del baile no sería Blancanieves, sino la Cenicienta.

Un baile de máscaras para el que Málaga se ha puesto la suya. Millones de euros después de pasar por el Photoshop la cara de los restos de su patrimonio arquitectónico a costa del bolsillo de todos nosotros, no porta una careta veneciana, sino de una tienda de chinos. Una inmensa máscara de plexiglás y vinilo en forma de rótulos comerciales, que cubre los zócalos de sus caserones decimonónicos en una orgía carnavalesca. De nada sirven las normas o los reglamentos porque en esos días todo vale.

Los carnavales son una fiesta colectiva de la ciudad. Si toda ella no se disfraza, los carnavales no son carnavales, sino una convención de despedidas de soltera inglesas en Mallorca. Pregúnteselo a cualquier gaditano. Por eso Málaga, para buscarse un futuro como capital del turismo de la Costa del Sol (una vez que Torremolinos ya no lo es, desde que decidiera que los únicos disfraces que aceptaría serían los de drag queen adecuadamente circunscritos a ciertos ámbitos más o menos privados) apostó por convertirse en una fiesta perpetua. Si su fiesta no puede ser mejor que la de Cádiz, al menos será más larga.

Hay que reconocer que el ayuntamiento ha comprendido ese espíritu que nos invita a ocultarnos detrás de un disfraz de aquello que no somos y en cierto modo nos hubiera gustado ser. El alumbrado de Navidad de la calle Larios es la prueba palmaria. Después de transformar por navidades el salón de la ciudad en la nave central de una catedral gótica, en febrero sólo ha necesitado poner una máscara donde antes colgaba una lámpara de ocho brazos. Si mantiene los arcos hasta noviembre y le pone unos candelabros en los estribos, la ciudad estará preparada para ese otro carnaval en el que se convirtió el Día de Todos los Santos cuando se vistió de Halloween. Eso sí, entre medio tendrá que pensar cómo se atavía de Semana Santa, porque de Feria es mucho más fácil.

Es cuestión de pensarse las cosas y no actuar con premura. Controlar los tiempos como lo haría cualquier cortesana versallesca que se resiste a mostrar el rostro a su aristocrático pretendiente para llevarlo hasta el paroxismo. Así lo sostiene el reputado manual ¿Cómo hacerse político en 100 días? en su página 69, donde tajantemente precisa que la digestión de cualquier sapo urbano debe afrontarse con el mismo sosiego que la ingesta de un plato de almejas salteadas. Lo contrario puede provocar tanto una indigestión como que se acabe engulléndolo sin apreciar todo su aroma y sabor. Por eso, un montaje provisional puede convertirse en permanente, y según vayan las fiestas, en definitivo.

¿Qué impide que se retiren las decenas de metros cuadrado de antifaces de plástico que anuncian la compraventa de oro en calle Carretería? ¿Qué será necesario para que desaparezca la armadura de metacrilato que defiende la entrada del pasaje de Chinitas? ¿Por qué bastó con denunciar en los medios de comunicación el anuncio que pusieron en Stela Maris para que la iglesia lo retirara y no hay cristiano que ponga orden en el Fuerte Comansi en que se ha convertido la Plaza del Obispo? ¿Por qué si dejo mi coche en doble fila se lo lleva la grúa y me deja a cambio una multa (salvo excepciones), y si lo que "aparco" indebidamente es un rótulo en forma de pegatina sobre un edificio protegido, sólo me invitan a que lo retire, avisándome de que si no lo hago ya lo hará el ayuntamiento? Los hechos parecen demostrar que todas estas preguntas necesitan de cierto tiempo para contestarlas. El mismo que tiene que controlar el político si pretende que no le cambien el disfraz de carroza por el de calabaza.

Pero mientras tanto, la foto de piedra de Málaga se ha vuelto de plástico y da testimonio de una ciudad que vende las joyas de la familia por un plato de lentejas; sin caer en la cuenta de que para comprar oro, como para vender drogas, no hace falta anunciarse: doña Precisa tiene un pincho.

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