QUÉ mala es Esperanza Aguirre! Naturalmente, no me refiero a su condición como persona. Digo que es mala, malísima, como compañera política. En ese ámbito concreto sigue fielmente el aforismo que gradúa la enemistad de menor a mayor: adversario, enemigo, enemigo íntimo y... compañero de partido. En el primer acto militante del eufórico Manuel Pizarro ha dicho, Esperanza, que está encantada con él porque no es un divo y porque viene a servir al partido y no a servirse de él. Y el que tenga oídos -Gallardón-, que oiga.

Pero dejemos a Aguirre disfrutar, por ahora. Pizarro ha recibido ya un desafío desde las filas de enfrente (ya digo que más amistosas que las propias): replicando a sus bravatas, Pedro Solbes le ha emplazado a mantener, en el sitio que estime pertinente, un debate sobre sus recetas económicas. El vicepresidente considera que las ideas del ex presidente de Endesa sobre economía -básicamente, que el país actúe como un buen padre de familia, ahorrando más y gastando menos- son bastante simples y que sería conveniente matizarlas y contrastarlas con las suyas. Y viceversa, dirá el otro.

Este debate no es sólo conveniente, sino muy necesario, sobre todo en vista de que la situación económica parece erigirse en el tema estrella de la campaña electoral. No creo que las formulaciones de uno y otro, Pizarro y Solbes, vayan a ser diametralmente opuestas, pero ayudarían a los ciudadanos a formarse una opinión más solvente acerca de qué piensan hacer cada uno, si pueden, con los precios, los impuestos, la vivienda o las pensiones.

En realidad, todos saldríamos ganando si la campaña de mítines, ruedas de prensa, visitas a los mercados, besuqueo de señoras y niños y poses inverosímiles de los candidatos fuera sustituida, enterita, por unos cuantos debates sectoriales con los ministrables de cada bando. Aparte de los dos debates en negociación entre Zapatero y Rajoy, vendrían estupendamente bien otros debates entre los expertos de cada casa en cada materia, con una condición: que discutieran sobre lo que van a hacer si ganan, no sobre lo que han hecho. ¿Qué política antiterrorista aplicarán? ¿Cómo combatirán la inseguridad? ¿Cuántas viviendas protegidas se construirán y, sobre todo, cómo piensan conseguirlo? ¿Cómo van a afrontar el fracaso escolar? Etcétera.

También ganarían los políticos propensos a la racionalidad y reacios a la crispación, que los hay, y todos los políticos en su conjunto, que recibirían nuestro agradecimiento eterno por habernos tratado, al fin, con el respeto debido. Como si fuéramos personas adultas a las que convencer y no rebaños a los que excitar.

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