La tribuna

Fernando Arcas Cubero

Lacomba

SE jubila Lacomba y espero, por el bien de Málaga, por el bien de la Universidad a la que pertenece, que se convierta aquí en uno de esos profesores -como aquel inolvidable Mr. Chips de Peter O'Toole- que pueblan los campus de las universidades estadounidenses y británicas y que animan la vida académica e intelectual de su entorno ciudadano con su presencia. Ojalá que ni la universidad ni la sociedad malagueña dejen de aprovechar, cuando se alejan de la vida profesional activa, a sus viejos y excepcionales profesores.

Este valenciano andaluz fue un regalo para la provinciana Málaga de los 60, a la que trajo los aires europeos y modernos de la nueva historia francesa, la que abandonaba los acontecimientos puntuales, las batallas y las fechas y se preocupaba en cambio por la larga marcha de las sociedades, por la influencia de la economía y la sociedad en los asuntos humanos.

No recuerdo una imagen más bonita que la que nos ha dejado Lacomba sobre la Málaga económica del XX: una provincia que ha olvidado el pasado esplendor del XIX, que no acierta a recordar la vocación de ser la primera en la aventura de la modernidad y la industrialización, una ciudad sin memoria. Quizá en ese olvido, en ese estar distraída cuya verdadera naturaleza no llegamos a entender todavía, se encuentren las dificultades para que Málaga cuaje, para que de una vez se reconozca a sí misma y pueda competir para ser la mejor. La historia como maestra de la vida, para no repetir errores de bulto.

La segunda gran idea de Lacomba ha sido la de rescatar el andalucismo. Sólo un valenciano podía hacerlo con tanta anticipación y mostrarlo a los adormecidos andaluces para zarandearles. Un valenciano y un catalán -Alfonso Carlos Comín, apóstol comunista-, pusieron las bases para el reconocimiento del pasado oculto, para ensimismar a Andalucía.

La tercera empresa de Lacomba ha sido cultural, en el núcleo de la cultura democrática y antifranquista del Ateneo. El piso de la Plaza del Obispo fue la otra gran alternativa a la Universidad tardía. Allí impulsó la Historia y animó los debates sobre la política del pasado. Con los demás fundadores, eran vigilados y atacados por los inquilinos de La Aduana, el siniestro Gobierno Civil franquista. Los resúmenes de sus conferencias hechos por aplicados confidentes se pueden leer en los archivos de la Policía de Franco que se conservan en el Archivo Histórico Provincial.

Hay otra faceta, finalmente, que no podía faltarle a este jubilado y vital profesor. Me refiero a la tentación política, tan incompatible como inevitable con la función intelectual y científica. Lacomba se aventuró en la praxis -una palabra muy de su admirado José Aumente- con la deriva nacionalista del socialismo de Rafael Escuredo, el presidente de la Junta de Andalucía que mejor representa la lucha esperanzada por la autonomía andaluza, el pulso vital del gran movimiento histórico de la Transición.

Lacomba me trae al recuerdo también a don Antonio Domínguez Ortiz, el mejor de nuestros historiadores, y la triste mezquindad de la academia española. El tiempo, sin embargo, lima finalmente tanto vano oropel. Hay un lugar en la historia de las mentalidades para la cultura histórica y la de Málaga está y estará siempre llena del vigor, de la claridad y del entusiasmo de este ya jubilado y admirable profesor.

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