La cornucopia

Gonzalo Figueroa

Lenguas

EN una entrevista, George Steiner, ensayista y políglota, afirma que, solucionado el problema del IRA en Irlanda, consideró que con ETA pasaría lo mismo. Pero ETA sigue matando, sin que para él esto tenga una explicación racional: "No lo sé. Ese idioma tan misterioso es muy raro, muy poderoso. Quizás por eso a alguna de esa gente le resulta tan imposible aceptar el mundo exterior".

Meditando sobre su aserto, concluyo que, por siglos, la barrera del habla de ámbito reducido, impone unas reglas que son de complejo acomodo frente a una sociedad distinta y mayoritaria. Y asociando ideas, decidí volver al irlandés George Bernard Shaw, humorista clásico, a caballo entre los siglos XIX y XX, que jugó con la lengua inglesa en esa perfecta comedia que es Pigmalión, donde el gramático Higgins apuesta con su amigo, el coronel Pickering, que en un breve plazo podrá educar la jerga canallesca de la florista Elisa Doolitle, comprometiéndose "a hacerla pasar por una duquesa en la soirée de… una embajada".

El proceso que lleva al aprendizaje por parte de Elisa es rápido, por la extraordinaria viveza de la alumna, que, salvo ciertos tropiezos divertidos en las veladas de la alta sociedad, consigue superar todas las pruebas a que la somete el implacable Higgins. Y es aquí donde Shaw muestra su agudeza. Por una parte, desprecia por boca del coronel a la alta sociedad británica: "…mucha gente aristocrática no sabe conducirse en sociedad; es tan necia, que se figura que el "chic", digamos el estilo, es innato, y así nunca aprende". Pero también plantea el drama que enfrenta Elisa debido a su metamorfosis lingüística: "Yo vendía flores, pero no me vendo a mí misma. Ahora que usted me ha hecho una señorita, ya no soy capaz de vender cosa alguna. ¡Ojalá me hubiese usted dejado donde yo estaba!".

En una palabra, la asimilación de una enseñanza puede traer consigo un efecto negativo: "Galatea nunca quiere de veras a Pigmalión; las relaciones que existen entre ellos son de esencia demasiado supraterrestre para ser en su conjunto agradable".

Sin embargo, la absurdidad de ese grupo de enardecidos etarras no parece fácilmente extirpable, ya que, además de la lengua, está la ideología pseudo-marxista de sus componentes, hoy anacrónica e impracticable. Y como agravante de ese negro panorama, observo en ellos una total carencia de sentido del humor, tan beneficioso para evitar tomarse demasiado en serio.

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