EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Maneras

VEO en la televisión a un líder de los empresarios hablando con indisimulable desdén del Estado de bienestar -con alusiones despectivas hacia los parados que no quieren aceptar un trabajo en Laponia-, y pienso que no estamos en el mejor momento para descuidar las formas, si no queremos caer en una espiral de provocaciones innecesarias que no nos llevarán a nada bueno. Y no entiendo por qué este empresario -de nombre Feito- se muestra incapaz de hablar del Estado de bienestar con admiración, ya que es posible que él mismo fuera a un colegio público y estudiara en una universidad pública. Es más, acabo de comprobar que José Luis Feito estudió en la Universidad Complutense de Madrid a comienzos de los años 70. Y si mi memoria no me engaña, la Universidad Complutense era una universidad pública que se financiaba con dinero público y a la que se podía acceder con becas y otras ayudas públicas. Algo bueno tendrá el Estado de bienestar si alguien que se permite hablar de él con tanta displicencia ha llegado a ser lo que es gracias a su funcionamiento.

Y ya que hablamos de provocaciones, tampoco es razonable que nos dejemos arrastrar por la furia en las manifestaciones callejeras. Y me refiero tanto a los estudiantes que se manifestaban anteayer en Valencia como a los policías que actuaron contra ellos. Los estudiantes protestaban contra los recortes que les impedían poner en marcha la calefacción, pero deberían saber que los policías también han sufrido los recortes, igual que todos los empleados públicos, así que tienen el sueldo congelado, y no sólo eso, sino que en muchas comisarías tienen los mismos problemas para poner en marcha la calefacción, si es que la tienen. Nos guste o no, todo el mundo -menos la casta privilegiada que vive a la sombra del poder- comparte los mismos problemas que han desencadenado las protestas estudiantiles. Y en mi ya remota infancia, cuando el Estado de bienestar era aún un proyecto lejano, no había calefactores de ningún tipo en los colegios, pero eso no impedía que entráramos en clase con buen ánimo aunque tuviéramos sabañones.

Lo digo porque todo el país está sufriendo recortes y la mayoría de los ciudadanos están pagando más impuestos por unos servicios públicos mucho peor atendidos. En estas condiciones la gente se siente frustrada y engañada, y por eso mismo sería conveniente que todos intentásemos conservar la calma. La ira ciega, los desafíos y las humillaciones no llevan a ninguna parte. O mejor dicho, sí: nos llevan a los enfrentamientos callejeros, la violencia indiscriminada y el riesgo de un peligroso estallido social. Así que deberíamos pensarnos un poco lo que decimos, antes de abrir la boca o gritar de indignación. Aquí y en Laponia.

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