Existió un tiempo en el que se creyó que la utopía era posible, que debajo de los adoquines de las calles estaba la arena de la playa y que lo realista era pedir lo imposible. Ocurrió hace 50 años en Francia durante todo el mes de mayo. Fue un imprevisto y luminoso fogonazo de rebeldía y esperanza que conmocionó a Europa. Los acomodados jóvenes de las democracias occidentales llevaban años acumulando frustración y manifestando su desacuerdo ante el mundo que se construía a sus espaldas. Y esa contestación se iba incubando y manifestando principalmente en las aulas de las universidades. Así, un día estalló la revuelta estudiantil en la Universidad de Nanterre, a las afueras de París. Y prendió como la pólvora y la Sorbona se convirtió en el símbolo de una generación rebelde. La revuelta sorprendió a autoridades, gobiernos y partidos políticos de derecha e izquierda que inútilmente intentaba reconducir este movimiento espontáneo. A los 10 días la esperanza prendió en las fábricas y la huelga general tambaleó una de las democracias más sólidas de Europa. Y duró lo que dura un sueño inalcanzable: al final resultó que no era realista pedir lo imposible. Pero no todo se esfumó. La revolución de mayo sirvió para acelerar cambios y alumbrar nuevas formas de entender la sociedad. La juventud se sintió sujeto de elaboración política y se sintió protagonista de su propio futuro, se rompieron tabúes, prejuicios y rigideces, se fortaleció el movimiento feminista y se despertó la inquietud ecologista. Todo eso fue el legado de la revuelta más sorprendente y fugaz del siglo XX.

Mientras tanto, la universidad española, a pesar de sufrir un franquismo implacable se mantenía en permanente ebullición, desafiando a la dictadura con movilizaciones constantes, con la creación de sindicatos democráticos ilegales, con huelgas y manifestaciones y con una creciente politización que superaba los límites de las meras reivindicaciones académicas. Y el mayo francés vino a reforzar y a extender el movimiento de protesta, a concienciar a la juventud de su propia fuerza y a albergar esperanzas de cambios posibles. Fue la universidad de entonces la que se sintió protagonista de un futuro distinto. No por casualidad, en los escaños de las primeras cortes democráticas se sentaron muchos de los que empezaron en política corriendo delante de los grises y sufriendo detenciones y encarcelamientos. El mayo francés fue el estallido de una generación. También aquí.

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