A Juan, que pensaba que la vida era "un gran baile absurdo que sucede entre dos silencios: el nacimiento y la muerte", la Feria debió importarle un comino. Lo deduzco de que en ninguna de las sesudas conversaciones que mantuvimos escuché comentario alguno sobre el tema a pesar de oírle pronunciarse sobre lo humano y lo divino, como correspondía a un erudito que había compaginado sus estudios de Arquitectura con un máster en Pignoración en la más prestigiosa barbería del Madrid de la posguerra, donde escribió su doctorado sobre La imposibilidad de la Justicia con pluma de ánsar en resmas de papier couché. Fue entonces cuando Juan adquirió la costumbre de escribir siempre en tinta sepia para imprimir a sus escritos desde el primer día la solera que el tiempo confiere a las ideas que son capaces de perdurar. Costumbre que sólo matizó con la sustitución de la pluma por el rotulador Pilot de gel, con el que manuscribía con primorosa caligrafía sus columnas más o menos semanales. Mamen me dijo hace poco que el secreto de la buena letra de los arquitectos era que no escribían, sino que las dibujaban, y Juan se pasó la vida pintando la feria como la llevaba con oleos y palabras. Aunque nunca hablara de la de agosto, que durante sus buenos años vivió cualquier día, con independencia del mes que quisiera marcar el calendario. Por eso, uno de ellos subió a Madrid y se bajó un Aston Martín azul metalizado con el que debía enamorar a su adorada Ninett o a alguna de aquellas valkirias de pubis dorados que iban montando esa otra feria que fue el Torremolinos de los años setenta al tiempo que él contribuía a su construcción. Fue entonces cuando Grizela, una robusta escocesa de esculpidas piernas como columnas de mármol rosa portugués, le explicó que lo más parecido que había visto al deporte de curlin en sus viajes por el sur de Europa fue un alcalde empujando la mugre de las aceras con una manguera. Ese día y tras recobrarse de un profundo silencio que duró lo que tardó en apurar el último trago de su Dry Martini, Juan comprendió lo absurdo del baile de la vida con todos sus acordes y rompió aquella falsa calma con el rugir de su descapotable camino de la Côte d'Azur en compañía de su última conquista.

-Antonio, en la Riviera la vida es igual de absurda que aquí -me confesó-, pero con una diferencia: allí no hay concejales bailando en feria porque Europa se emborracha en ésta.

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