el espontáneo

Nostalgia de Nueva York

TODO sucedía lentamente como pisadas de gatos azules sobre mansardas rojas a orillas de las frías y metálicas aguas del río Hudson, mientras la ciudad duerme y las mujeres de la vida deambulan apoyando sus cansados cuerpos sobre fachadas de grafiti y truecan sexo por dinero. La lluvia cae como agujas de agua acariciando las sombras de paralelepípedos de infinitas ventanas y los que nunca dejan hacer nada no hacen nada, como avispas adormecidas por algún spray maligno.

Tía Clotilde me espera en el hall del hotel decorado con elementos de art decó, muy acorde con el vestuario de ella, sus botas katiuska le ciñen las piernas de sauce, dándole un aspecto enigmático de interrogación sensual. Habíamos decidido ir a Finlandia, pero el frío morado de sus manos le impidió decidirse a sacar el billete, optando por las playas caribeñas.

Fue un invierno entrañable y loco de Dry Martini y bloody marys. Acababa de iniciarme en óperas y mazurcas, adoraba el bel canto. Al fondo, en un piano con una tenue luz de gas se podía escuchar la ópera de Turandot. El maître del hotel, que por cierto era de un pueblo de Albacete y se llamaba Nemesio (había sido extra en la película El dulce encanto de la burguesía), se sentía muy orgulloso de hacer los Dry Martini al tresbolillo, estaba harto de que en la ciudad de los rascacielos a Albacete sólo la conocían por las navajas.

Tía Clotilde se pone sentimental y recita unos poemas de Rilke sentenciando que el sentimentalismo, lo mismo que el rouge de labios atado al futuro, es una especie de lepra que anula el futuro. Fue entonces cuando me obsesioné por el rouge de los labios, y se me produjo una extraña bulimia, sólo comía en exceso comida china y bocadillos de calamares. Llegué a escribir una tesis sobre la incidencia del rouge de labios y sus distintas texturas, debido a todo ello me tuvieron que internar durante una corta temporada en la Clínica Mayo de N. Y.

Mientras, tía Clotilde alternaba con célebres galeristas y gente del hampa, presumiendo que había sido amante de Balthus cuando fue adolescente, en un pequeño apartamento de Budapest. Yo pensé que la gran fortuna que adquirió haciendo transacciones con obras de arte le obnubilaron la mente y le engrosaron la cuenta corriente. Tía Clotilde produjo una gran sinergia en toda la familia, principalmente en mí, debido a sus grandes devaneos en todos los ámbitos culturales, tanto de América como de Kazajistán. Me incitó a excesos de todo tipo, tanto carnales como culturales. Coco Chanel en una velada en casa de Jean Cocteau la definió como el animal salvaje que da arañazos a la dulce burguesía.

A tía Clotilde le gustaba repetir "no puedo prescindir de las cosas que no me preocupan" y llegué a pensar que la frivolidad llevada hasta ese punto, es un preludio al renunciamiento.

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