julián Molina

Pedregalejo

LA verdadera patria del hombre es la infancia, decía Rilke. Y la mía limitó al oeste con Astilleros Nereo y al este con el Jaboneros. Pedregalejo, ese viejo paseo que te reconcilia inmediatamente con el mundo. Oler a mar, a espetos, a felicidad. Sentado en El Lirio con los amigos se detiene el tiempo, y parece que uno no hubiera estado nunca en otro sitio, ni lo vaya a estar jamás. Pedregalejo no es un lugar físico, es un lugar sentimental. No se entra por Lauri, ni por Echeverría, ni por Nereo. Se entra por el olfato y la memoria, y se sale por la nostalgia, varios días más tarde.

Pero Málaga es una ciudad que ha vivido tradicionalmente de espaldas al mar, vallando su puerto y resecando a sus pijos. De los Baños del Carmen hacia el oeste ha sido siempre una ciudad de interior, ignorante del mar, tan asociado al mísero vivir de los pescadores. El mar aquí ha sido siempre una cosa tabernaria y vulgar, antípoda de la aristocracia de secano entre El Limonar y calle Larios, el fin de su universo conocido. Y en esa concepción, Pedregalejo no ha sido ni Málaga durante años. Ha sido más bien una aldea de irreductibles remeros, un agujero negro en una ciudad con ínfulas, de donde había que mantener alejados a los turistas y a las inversiones. El único sitio donde el alcalde no ha apretado todas las manos.

Pero los restaurantes en Pedregalejo, eso sí, pagan los mismos impuestos que si estuvieran en la aristócrata y elegante calle Larios, aunque a cambio de ningún servicio ni atención. Llevan años reclamando algo tan básico como aseos públicos, un parking o una simple zona de aparcamientos. Y nada. Por no hablar de Astilleros Nereo, que es patrimonio cultural andaluz, está realizando proyectos de relevancia internacional, como el bergantín Galveztown, venerado en USA, o el pecio fenicio Mazarrón II, es clave en la preservación de la carpintería tradicional de ribera en el Mediterráneo y forma parte del patrimonio sentimental de Pedregalejo.

Y no solo no recibe tampoco ninguna ayuda, sino que parece que el alcalde no tuviera otro empeño en la vida que echarlos de donde han estado por más de 50 años, sin un triste motivo. Más allá, claro, de no entender tampoco a Pedregalejo como parte de Málaga y, por supuesto, de no querer poner un pie allí ni vivo ni muerto. Pues él se lo pierde.

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