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Rafael Padilla

Pies de barro

VIVIMOS tiempos tan funestos que ya ni siquiera funcionan las viejas fórmulas para contentar a las masas. El infalible pan y circo, calmante sempiterno de espíritus, empieza a no servir, no tanto por su falta de eficacia adormecedora, como por la insostenibilidad de ambos remedios. Del pan, que quieren que les diga: las cifras del paro, el aumento progresivo de trabajadores que no reciben puntualmente su salario y los nubarrones que percibimos todos en nuestros respectivos horizontes, certifican la inestabilidad en ese flanco, en absoluto garantizado para casi nadie. La ruina se extiende como mancha de aceite, calando, presente o prevista, en las neuronas de una sociedad que se sabe al capricho de pésimos vientos.

No son mejores los pronósticos sobre el circo. El gran entretenimiento nacional, la bobería esa del fútbol que tantos servicios ha prestado como generador de ilusiones, sucedáneo romo de conflictos mayores y dulcificador colectivo de sinsabores, anda herido de muerte por sus propias equivocaciones, por la megalomanía de dirigentes irresponsables que ni se han adaptado a las circunstancias ni han comprendido la estupidez insultante de sus disparatados sueños. Afirma El Confidencial Digital que el Gobierno está dispuesto a poner orden en el inmenso caos económico del fútbol español, inicialmente en lo que se refiere a sus obligaciones con Hacienda y con la Seguridad Social. Hablamos de 1.000 millones de euros que faltan en las arcas públicas, a mayor gloria de colores sentidos y banderas seguidas. Demasiado dinero como para que, estando las cosas como están, quepa hacer la vista gorda y se tolere la prolongación de la juerga. Dicen que el ministro Montoro prepara una campaña para vigilar de cerca el comportamiento fiscal de los clubes, sometiéndoles -fíjense qué osadía- a los mismos controles que a cualquier contribuyente.

Y es que, además, el despropósito no se agota ahí. La burbuja del fútbol nacional, sólo en equipos de 1ª y 2ª División, añade otros 4.000 millones en deudas a proveedores, empleados, jugadores y entidades financieras. Ni el Reglamento de Control Económico, aprobado recientemente por la LFP, ni el mecanismo del concurso, incluso tras su reforma, se intuyen suficientes para dotar de cierta sensatez a este monumental disparate. Se trata, a pesar de sus brillos y de sus muchos logros deportivos, de un ídolo con pies de barro, de una estructura inviable en una España pobre, abocada a durísimos sacrificios.

Queda por comprobar si Montoro se atreverá a adentrarse en tan espinoso jardín. Pero que no le falta razón, que indigna tanta impunidad, tanta carísima estrella y tanto cuento y que la lógica reclama, por justicia y por coherencia, desinflar el aire falso de tan hinchado globo, es una verdad impecable, tan reluciente, al menos, como las hazañas fiadas que, para forofos y vividores, justifican y bendicen el invento.

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