EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Privilegios

LOS que hemos nacido en la segunda mitad del siglo XX y en esta parte del mundo hemos tenido mucha suerte. En Europa occidental no hemos sufrido guerras, ni graves catástrofes naturales, ni crisis económicas tan perniciosas como la del año 29 (no cuento la actual, que aún no sabemos muy bien qué es). El noventa por ciento de nosotros vive mucho mejor que nuestros abuelos, y no digamos ya que nuestros bisabuelos o tatarabuelos. Y por muchos problemas personales que hayamos tenido -contratiempos laborales, decepciones sentimentales, la muerte inesperada de un ser querido- esos problemas son los que debe soportar cualquier ser humano que lleva una existencia más o menos tranquila. En términos generales debemos admitir que hemos tenido mucha suerte. Algunos más, otros menos, pero suerte en casi todos los casos.

Digo esto porque estamos acostumbrados a una serie de privilegios que han sido excepcionales en la historia de la humanidad y que es probable que vuelvan a ser excepcionales en un futuro no muy lejano. Ahora nos parece muy normal tener una buena sanidad pública y un sistema de enseñanza aceptable y una eficiente Seguridad Social que se haga cargo de las pensiones y de las prestaciones sociales básicas, pero nadie puede estar seguro de que estos servicios sigan siendo posibles dentro de treinta años. Las sociedades opulentas lo son en la medida en que alguien esté dispuesto a sacrificarse por su mantenimiento. Y eso significa que todos debemos saber hasta dónde es posible extender nuestros privilegios. O dicho de otro modo, eso significa que sólo podemos seguir disfrutando de lo que tenemos si nos comportarnos con un aceptable sentido del bien común.

Y ahí es donde se hace incomprensible la actitud amenazadora de los controladores aéreos. Los controladores son los privilegiados de una sociedad ya de por sí privilegiada, pero nunca parecen estar conformes y siempre están pidiendo más y más. Es cierto que hacen un trabajo difícil para el que están muy bien preparados -eso nadie lo duda-, pero también es cierto que cobran un salario que está muy por encima de las exigencias de su trabajo. Sí, de acuerdo, su trabajo requiere cualificación y esfuerzo, pero lo mismo le ocurre a un cirujano cardiovascular y a un educador de niños discapacitados y a un desactivador de explosivos. En una sociedad normal, los controladores deberían aceptar que son unos privilegiados y asumir los mismos sacrificios económicos y laborales que han asumido los empleados públicos que ganan muchísimo menos que ellos. Y si se negaran a aceptarlos, entonces la única solución razonable sería suprimirles todos sus privilegios. Todos, empezando por el de creerse mejores que ningún otro empleado.

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