Al punto

Juan Ojeda

Sudor, lágrimas y humildad

CON motivo de su investidura en el Congreso como presidente, al inicio de esta legislatura, en la época feliz en que oficialmente no había crisis, Zapatero despreció la posibilidad de tener una pareja de baile fija. Es decir, no buscó los apoyos parlamentarios necesarios para ser investido por mayoría absoluta en primera convocatoria, y prefirió bailar solo y ser elegido en segunda vuelta y en minoría. De forma que, en vez de tener aliados estables, se decantó por acompañantes ocasionales. Y eso queda muy machito, pero, a la larga, da problemas. Pasa igual que en la vida social, por llamarlo finamente, que hay quien se decide, porque quiere o porque no puede hacer otra cosa, por las relaciones a salto de mata, y eso, además de tener su peligro, en muchas ocasiones, sale muy caro.

Es probable que el presidente, que no veía la crisis, pensaba que, de esa manera, o sea, sin acompañantes fijos, iba a ser el rey del mambo. Más o menos al estilo de los señoritos antiguos, que cuando llegaban al baile del casino del pueblo, solteros y sin compromiso declarado, se veían rifados por las mocitas con pretensiones. Pero ya, los olivos no dan lo que daban, y las mocitas se han buscado la vida por su cuenta. Así que el señorito se ve solo, sin orquesta, y con la pista de baile convertida en un circuito de obstáculos. Así de dura es la vida.

Pues ahora hay que sacar esto adelante, y para hacerlo es preciso adoptar medidas duras, y en las peores circunstancias. Obligados a unos presupuestos restrictivos, abocados a la anunciada reforma de pensiones y forzados a un cambio de la estructura productiva, es imposible contentar a todo el mundo con el recurso de los paños calientes. Y es en estos momentos duros es cuando se presiente la soledad, el no tener pareja de baile estable. Ahora es cuando se siente aislado y se da cuenta de lo cruel que es el mundo.

Por supuesto, que se piensa, y se habla, aunque desde distintas ópticas, en el gran pacto, el que permitiría afrontar sin excesivos costes políticos y sociales, esas medidas que todo el mundo sabe que son necesarias pero que, como es lógico, los afectados no van a aceptar por las buenas, y muchos, ni por las malas. Pero ese pacto, el grande de verdad, el único que ofrece garantías, no se puede negociar desde la arrogancia, ni desde postulados teóricos altisonantes, ni desde el endulzamiento de la amarga realidad. Tal vez sea el pacto imposible, pero es el único que de verdad sirve. El primer paso lo tiene que dar el Gobierno, reconociendo que estamos en tiempos de sudor, lágrimas… y humildad.

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