Por montera

mariló / montero

El abrazo

ERA el monstruo del pueblo. La última vez que se vio por la calle a esa masa de carne deforme fue cuando se cruzó con una madre y su hijo. El pequeño empezó a tirar de la falda de su mamá mientras le señalaba y horrorizado gritaba preguntándole quién era ese monstruo que se acercaba hacia ellos. A ella le salió el instinto maternal de cobijar en su regazo la cabeza de su hijo para evitarle tan espantosa imagen. Y, por eso, decidió no salir más de su casa. Nadie sabe cuándo llegó a la ciudad. Muchas mujeres contaban terribles leyendas sobre él. Que si había bajado de las montañas buscando comida, que se quedó allí a vivir en una casa abandonada donde devoraba animales... Todos le temían tanto que nadie se atrevió nunca a preguntarle quién era ni qué intenciones tenía contra sus habitantes.

El cuerpo del monstruo estaba deformado por millones de bultos que cubrían toda su piel. Era como si lentamente se lo estuvieran comiendo una plaga de caracoles. Tenía bultos del tamaño de las canicas, de bolas de pin pon, de pelotas de tenis, y algún bulto era del tamaño de una pelota de balonmano. Le cubrían todo: sus piernas y sus pies. Su espalda y su pecho. Sus nalgas y sus genitales. Sus brazos y sus dedos. Su cuello y su cuero cabelludo. Su cara, su boca, sus ojos. Todo. No se le conocía familia ni amigos ni amantes. Era un monstruo y los monstruos no tienen quien les quiera.

Dicen que por las noches se le oía llorar. Que lloraba porque se veía ante el espejo deforme y horrible. Que quería pincharse los bultos que espantaban a la gente y a él mismo como si estuvieran llenos de aire. Pero que, cuando lo hacía, se descarnaba la piel y luego los bultos reventados aumentaban su tamaño. Una de las mujeres más cotillas aseguraba en el colmao que una vez se envalentonó frente a él para decirle que abandonara el pueblo porque atemorizaba a niños y que como era retrasado hablaba tan mal que no le comprendió. Así que el pueblo asumió que tenía un monstruo viviendo entre ellos al que le daban la espalda cuando era inevitable toparse con él. Un niño muy fisgón dijo en el patio del colegio que una vez, se aupó a través de su ventana y le vio llorar mientras veía una película de amor por la tele. Interpretó que deseaba sentir algo de amor y que se lo imaginaba en las películas porque nadie en la tierra le abrazaría jamás. ¿Quién iba a amar, acariciar, besar, sonreír a un deforme? El otro día, una señora dijo en la peluquería que lo vio en la tele. Al monstruo. Y que lo vio llorar mientras lo cobijaba en su regazo un hombre vestido de blanco. El monstruo le pidió un día al Señor sentir un abrazo antes de morirse. Ahora que ha regresado del Vaticano donde el papa Francisco lo abrigó todos saben que padece Neurofibromatosis. Ahora lo miran con admiración y es para ellos el símbolo de la fortuna.

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