Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Un año sin Bush

EN las últimas semanas se han sucedido las valoraciones sobre el primer año de Obama. En los comentarios periodísticos ha desaparecido la preocupación que asociaba el liderazgo de un presidente de raza negra a augurios dramáticos, en una dirección de la memoria que evocaba a Luther King, Jonh F. Kennedy...

Pero no se habla de otra efeméride: un año sin George W. Bush, como si su salida hubiese supuesto tal respiro que el mal recuerdo lo convierte en innombrable. Con Bush se reactivaron los mecanismos del maniqueísmo geopolítico desaparecidos con la caída del muro de Berlín. Hasta entonces, el equilibrio del terror, la guerra fría, se medía en las estadísticas de la capacidad armamentística de los dos grandes bloques, y los soviéticos eran la diana que la propaganda occidental definía como el enemigo y el mal.

Con Bush se crea un nuevo enemigo, objeto de salvación o cruzada democrática planetaria que se inicia, como cabía esperar, en países ricos en recursos energéticos, con una novedad estratégica: la guerra preventiva. Quedan en un segundo plano los aspectos culturales, religiosos y económicos que argumentan la dialéctica interna de la confrontación, por lo que las aventuras militares se convierten, en muchos casos, en un catalizador del mal llamado choque de civilizaciones.

Sin caer aquí en otra tentación maniquea -Bush en los infiernos y Obama en el paraíso-, cabe recordar el papel del neoconservadurismo republicano en la construcción fraudulenta de escenarios financieros insostenibles. Hoy pesan sobre las espaldas del nuevo presidente los platos rotos de Bush. Y no sólo los relativos a la crisis económica, sino los de la difícil amortización de tantas hipotecas heredadas.

¿Dónde estaríamos hoy o dentro de dos o tres años si el mandato de Bush no hubiese concluido? La valoración de Obama no debe sustraerse del referente presidencial previo. En España, Aznar afeó la conducta de quienes se manifestaban contra las hazañas bélicas de la Casa Blanca, en las que participó junto a un Blair ahora muy señalado por la sociedad británica. Oponerse al amigo americano se convirtió en un acto antipatriótico, en un antiamericanismo que bebía en oscuras fuentes de un periclitado comunismo. Quería reducirse la libertad de la democracia a un único discurso: el dictado mesiánico del Washington republicano.

Con Obama ha desaparecido el antiamericanismo imaginado y se ha hecho más universal la proyección política de las grandes posiciones que hoy rigen las opiniones públicas en las democracias del viejo Occidente. Pero aun con todo, siendo grande el cambio, no se ven por ninguna parte las puertas del paraíso…

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