El dolor, la muerte, la incultura…

Posiblemente la culpa de la idealización que algunos tenemos; aun perteneciendo a la cultura judeo cristiana de esta Europa que vivimos; e incluso profesando el cristianismo católico, hacia esa otra cultura, compleja y diversa, que es el Islam, tan distinta, tan distante, tan cercana y tan desconocida, debe tener su causa en el respeto e incluso los afectos que supieron despertar en nuestro interior intelectual aquellos profesores en los años de facultad, cuando desentrañábamos la Crestomatía Árabe con Glosario y Gramática, del maestro Asín Palacios, que nos explicaba, en aquella Córdoba que fue califal, aquel portento de humanidad de don Manuel Ocaña Jiménez, elegantísimo calígrafo cúfico y extraordinario orientalista, con cuyas enseñanzas pudimos adentrarnos algo en la obra apasionante de don Emilio García Gómez. O quizá fue la pronunciación del árabe de Ibn Hazm, en las líneas de El Collar de la Paloma y en la voz deliciosa y sabia, también, de don Rafael Castejón.

Pudieron ser, quizá, los eruditos estudios, cargados de conocimiento científico sobre muy diversos aspectos de la cultura musulmana hispánica y granadina en especial, de Fray Darío Cabanellas, en los Cuadernos de la Alhambra o en la Miscelánea de estudios Árabes y Hebraicos de la Universidad de Granada, donde también pudimos escuchar a aquel otro gran sabio, poeta y eminente arabista que fue el profesor Emilio de Santiago.

O pudo ser la Historia de la España Musulmana de don Claudio Sánchez Albornoz, aquel soriano pequeñito, rebosante de sabiduría, que fuera Presidente de la República española en el exilio y cuyos huesos cristianos reposan en el claustro de la catedral de aquella ciudad de la vieja Castilla. O los textos de don Ramón Menéndez Pidal, o los de Levy Provençal. Quien sabe…

Curiosamente, todos ellos y otros muchos más, fueron los que a mi generación y anteriores supieron adentrarnos en esa otra parte de la realidad histórica peninsular, cual fue la presencia del Islam durante casi ocho centurias, durante las que se derramó la sangre y la vida desde Oviedo a Cádiz, desde Lisboa a Granada, pero también se edificó toda una historia de culturas maridadas, intrínseca a nuestra propia historia, que no se puede soslayar sin peligro de desvirtuar la esencia de nuestro propio ser, de nuestra propia españolidad. Todos esos maestros fueron profundos y convencidos cristianos.

Por eso, porque resulta más incomprensible y por el dolor, por el sufrimiento injusto, innecesario e irracional, y por la muerte, el vacío brutal y tremendo que deja la muerte y la falta de razón, la muerte de inocentes inavisados que se han marchado, destrozados, dejando eso, el dolor, el vacío, la ausencia sin razón, si es que se pudiera de algún modo señalar. Que malo es no saber y que peligrosa es la incultura. La musulmana, también. ¿O no?

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