el triciclo

Javier Cintora

La encrucijada

EL estilo aristocrático con que el que caminaba Urdangarín, casi etéreo, contrastaba este fin de semana con lo terrenal de las acusaciones que se le imputan. "Vengo a aclarar la verdad y a defender mi honor", aseguraba con tono casi solemne e imperial el Duque de Palma mientras que al fondo se escuchaba al pueblo gritar: "Urdangarín, trabaja en Burger King" o "que viene Urdangarín, cuidado con la cartera". Aunque haya que esperar al veredicto de los jueces para medir el alcance de este caso, y siempre respetando su presunción de inocencia, resulta casi enfermizo pensar cómo una persona de su elevada posición, con la vida solucionada hasta extremos que resultan casi irritantes si se compara con la realidad de tantas y tantas personas, ha sido capaz, si se demuestra, de cometer los delitos que le imputan los fiscales del caso. Ya dentro del juzgado, el Duque de Palma, visiblemente demacrado, despejó cualquier atisbo de duda sobre la Casa Real y confirmó, como ya se sabía, que el propio Rey le solicitó en 2006 que abandonara sus negocios. También trató de exculpar a su mujer, señalando que su papel en el entramado de empresas era "testimonial". Al margen de cuál sea la calificación jurídica que merezca, la Casa Real sale debilitada de este proceso. La monarquía hace tiempo que no es intocable y la enorme legitimidad que se ganó aquel 23-F para varias generaciones se ha ido diluyendo con el paso de los años. El otro día el expresidente balear Jaume Matas confesaba sin rubor que hace unos años su Gobierno le regaló al Rey un yate, el Fortuna, valorado en 1,2 millones de euros. Con un "no todos somos iguales" y una carcajada se cerraba la entrevista que le hacía Jordi Évole en Salvados. El documento era brutal. Jamás en la historia moderna de la democracia la monarquía se ha visto en una encrucijada como la actual y con el terrible inconveniente de la crisis económica que hace que muchos se planteen cualquier tipo de privilegio. Toca levantarse .

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