Entre falsedad y torpeza

Todo sigue igual o peor. De nada ha servido el triunfo, tal vez inesperado pero sí merecido, de Inés Arrimadas y el notable ascenso de Ciudadanos, cuando el partido que lidera Puigdemont, sucedáneo vergonzante de la Convergencia pujolista (el tres por ciento y otras corrupciones nefandas), resucita de lo que parecían sus cenizas, favorecido por el separatismo emocional y tradicionalista y la absurda e injusta Ley Electoral, absolutamente descompensada -digna de una urgente decapitación-, que ha beneficiado a los territorios del interior soberanista -la caterva rural- y al nacionalismo más populista siempre al borde de un ataque victimista y lacrimógeno, desafiando la legalidad y arriesgando la ruina económica de su futuro. Y en ese reto a estos obsesos independentistas no les importa en absoluto arrojar a la propia Cataluña y por supuesto a España a una situación ruinosa, irracional e inquietante.

Resulta disparatado y malintencionado demonizar la derrota del PP para solapar el golpismo nacionalista que nos ha deparado la preocupante situación que vivimos. Porque si bien las torpezas del partido de gobierno, que en Cataluña se remontan a los tiempos de Aznar (y ahora su síndrome de C's), son habituales en su propensión a encenagarse en sus propios charcos y a rodearse de ineptos, los independentistas son quienes han alentado esta fragmentación de una comunidad, un asalto desalmado a la Constitución, injuriando a los españoles, a su Estado de Derecho y régimen democrático, violentando, manipulando y propalando insultos y falsedades que forman ya parte de su ideario desquiciado y delirante, xenófobo y fanático. Tanta infamia, tamaño delito, destruyendo la convivencia, poniendo en duda de manera intolerable e ignominiosa la catalanidad de dos millones de ciudadanos, precipitando a Cataluña a un estado de caos económico y social, con un candidato en la cárcel y otro cobardemente huido, invalida la invocación de cualquier derecho.

Cuando la emoción y los sentimientos exacerbados, encenagados de supercherías, imposturas y bajeza moral, por políticos mesiánicos e iluminados, se sobreponen a la razón, es inevitable la quiebra social. Lo que nos faltaba ya es el trauma del independentismo que se contagia e impulsa a otros secesionismos en Cataluña y que nos recuerda al cantonalismo del que ya escribíamos hace poco. Aquí lo que nos sobra es nacionalismo, populismo, inmovilismo y unilateralidad. Sufrimos las consecuencias de la permisión de múltiples errores, de la imposición del imperio de la hipocresía propagandista y del adoctrinamiento masivo que, tras muchos años de impunidad, han precipitado este oprobio, este delirante disparate. En el horizonte catalanista es fácil atisbar una masa fanatizada encabezada por un fantasmagórico personaje que como un ciego enloquecido la conduce a un inevitable precipicio.

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