Hoja de ruta

Ignacio Martínez

El gran salto

CAROD Rovira, que no es sospechoso de simpatías monárquicas, ha calificado de absolutamente imprescindible, positiva y de sentido común, la petición del Rey de un pacto nacional contra la crisis. Don Juan Carlos no sólo ha pedido un acuerdo, para el que es necesario el concurso de los dos grandes partidos, sino que ha llamado a posibles protagonistas, para conocer sus puntos de vista y crear el ambiente adecuado. El único problema es que ni al PSOE ni al PP les ha hecho gracia la idea. No por motivos ideológicos, como se ha publicado; eso es un pretexto: en la pasada legislatura del Parlamento Europeo, PP y PSOE votaron lo mismo en siete de cada diez casos.

En realidad, el obstáculo insalvable es la estrategia interesada de los dos partidos. Al Gobierno Zapatero le vino bien aislar al PP en las pasadas legislaturas del Congreso y el Parlamento catalán. Al equipo de Rajoy ahora, le complace ver cómo se consume el presidente por la crisis o sus propios errores, y le pone en bandeja el triunfo en 2012. Y al país que lo zurzan. Esto no es nuevo. En los 33 años de democracia, hay una larga tradición cainita en el comportamiento del principal partido de la oposición con el Gobierno y escasos ejemplos de cooperación en grandes asuntos de Estado. El mejor ejemplo de lo contrario es el pacto constitucional entre UCD y PSOE. También, el pacto antiterrorista propuesto por Zapatero al Gobierno Aznar. No hay mucho más.

Y sin embargo, nunca en estos 33 años ha habido una legislatura con más diputados de los dos principales partidos. Lo que significa que el votante español no sólo no castiga la confrontación, sino que la premia. La tendencia en otros países como Alemania ha sido una pérdida constante de respaldo popular a democristianos y socialdemócratas. Deberían tomar nota aquí los partidos. Pero eso no es todo. En Sevilla, el viernes, el príncipe Felipe ha reclamado una sociedad civil capaz de movilizar a los ciudadanos. Un habitual lector de mi blog, comentaba ayer que Andalucía además de ser exigente con sus políticos, lo debe ser también con sus organizaciones cívicas, sindicales, empresariales, corporativas, profesionales... "Quizá ha llegado la hora del gran salto", decía. Eso es.

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