francisco Silvera

Los libros

Hubo un tiempo en el que la gente venía a este mundo a sufrir. Era un dicho y una necesidad social que en toda buena familia hubiera una oveja negra. ¿Por qué optaba un hombre por el camino oscuro...?

Bastará decir que Mauricio siempre fue igual: un desgraciado y una mala persona. Su familia, los Quintero, era una institución en la ciudad. Su padre, un consignatario de buques muy bien relacionado, terminó casándose con la hija de un diplomático portugués, cultivada y sensible, bella...

Fueron cuatro los hijos, uno médico, otro ingeniero, y un abogado, pero Mauricio sólo mantuvo el vicio de leer, hábito que le duró el tiempo de aficionarse a los lupanares y las drogas. Débil y enfermizo, a los veinte años ya era un parásito sin intención clara alguna a la vista. Su vida de día era dormir. Comía poco y bebía como nadie. Después de sus flirteos comerciales con las güisqueras, recorría todas las tascas de los barrios más humildes hasta que ya no podía caminar, volviendo a su casa sin saber cómo, hecho un trapo sucio que avergonzaba a su refinada madre.

No podía seguir mofándose de su familia; su final era salir de allí. Y fue a un partidito en una casa de vecinos de la calle Asturias a convivir con la hermana de otro borracho con el que lo había apalabrado todo: Pilar era fea y solterona pero trabajadora.

La mudanza fue sencilla: ropa, un armario, una cama y dos o tres cacharros de cocina. Eso sí, en medio del hogar colocó Mauricio un estante con una treintena de libros viejos, gruesos, con sus lomos de piel grasa y brillante. La esplendidez de los volúmenes chocaba con la miseria que rezumaban aquellas cuatro paredes mal encaladas.

Por lo demás, la vida fue la misma para todos, con el único aliciente de que Mauricio ahora podía disfrutar de aquella mujer pactada. Ella había cambiado de actor, pero su tragedia era igual: escándalos, palizas, penurias... El poco dinero que recibía de aquel gandul lo gastaba en él, en prepararle suculentas comidas que repararan su cuerpo maltrecho; ella aguardaba a las sobras, la vecina Teresa le decía: "Pilar, Pilar, mujer: ¿has comido hoy?", y le daba un plato de cuchareo que la agarraba de nuevo al mundo. En fin, lo que siempre había conocido, el destino al que se resignaba y al que ya ni siquiera consideraba ni un revés ni un mal. Esencialmente buena, entregada, se sentía incluso feliz por lo que hacía, lo que tenía que hacer, su obligación.

II

Tampoco la felicitaron, pero sus vecinos de corral, contra las rigurosas normas que gasta el pueblo para los muertos, no acababan de darle un pésame claro. La familia se lo llevó y lo enterró en su panteón, junto a su padre. Ella no estaba apenada por Mauricio Quintero, pero todos los muertos que había visto le habían impresionado fuertemente y aquel día la rondaba aquella tristeza tan familiar de los lutos.

Cuando la ceremonia hubo terminado se permitió a Pilar acercarse. Por indicación de la madre, el panteón era de estilo portugués, estrecho, sencillo y con un empinado tejado a dos aguas que lo distinguía a simple vista del resto de los mausoleos del cementerio. Nunca había visto Pilar algo así, pero sintió un crujido en el alma al observar que la cancela férrea de la pequeña edificación mortuoria, como la ventana de una casa de vivos, dejaba a la vista los ataúdes de la familia, unos cubiertos con sábanas del color de la crema, otros al aire aderezados con el polvo de los años. En cada rincón ocupado presidía el retrato de un Quintero muerto, viejo y amarillento el del padre, nuevo y extraño el de Mauricio, rodeado de flores frescas.

Volvió a su barrio apesadumbrada, caminando lenta el largo paseo del regreso, los brazos cruzados y la cabeza envuelta en un pañuelo negro.

- Pilar, ¿qué vienes? ¿Del entierro? -preguntó la tendera con buena intención.

- Sí.

- No te pongas así que el canalla ese no te merecía, mujer, y la familia ya sabes cómo es: a ver si les entra una cosa mala a todos...

- No digas eso. Ni mentarlo.

- Anda, anda, ¡el tío marrajo! ¡El muerto al hoyo y el vivo al bollo! Mira, ahí viene la Manuela, el marido ha llamado y el barco llega esta tarde, verás cuando se lo diga: ¡Manuela! ¡Manuela!

- Qué pasa, qué pasa -contestó una mujer llena de vida y repleta de carnes duras y voluminosas, al tiempo que entraba en la tienda.

- Tu marido, que llamaron de la Costera y llega esta tarde, anda: métete en remojo que se te ablande el papo, que ya está ahí.

- ¡Ay por Dios! ¡No me digas! Qué alegría...

Y Pilar salió de la tienda con media sonrisa en la cara, partícipe de las felicidades ajenas. Al entrar en su casa creyó oír las voces de Mauricio y una extraña paz le inundó el cuerpo al percatarse de que ya no volvería. La reunión después del entierro había sido rápida y sin conversación; la familia Quintero se comprometía a pagarle el alquiler del partido y una pensión mínima, ellos recogerían las pertenencias del hermano. Rafael Quintero, abogado, ya le había advertido que no estaba casada y que no pidiera ni un duro, desde luego ella no iba a hacerlo; por la tarde pasaría a recoger los libros. Bien, los libros, lo único que tenía de él, lo único que podía haber guardado como recuerdo y no le duraba ni un día.

Caminó hacia la estantería, después de todo ¿para qué los quería ella si no sabía leer? Tomó uno y lo abrió para verlos por última vez; al hojearlo una especie de separador hizo que las páginas pararan su aleteo. Miró y percibió una dejadez en sus sentidos: el separador era un billete de veinte duros aplanado, escuálido. Repitió la operación y sacó seis más. Cogió otro tomo y llegó hasta ocho, otro y había trece, otro con dos... Allí estaba la paga de su familia, todo el dinero de aquellos largos años. Registró uno por uno los volúmenes hasta cerciorarse de que don Rafael Quintero ya pudiera llevarse su librería. Al fin y al cabo para qué la quería ella.

Así sufrían entonces.

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