El tránsito

Eduardo Jordá

Dos líderes

NO creo que la mayoría de políticos -de uno u otro signo- sean deshonestos o corruptos. La frase popular que tanto se oye, "¡Todos son unos ladrones!", es injusta y malintencionada. Ahora bien, los políticos son seres pueriles, caprichosos, falsos y arrogantes. Han vivido poco -o nada-, se han enamorado poco -o nada-, no han trabajado en empresas privadas, no han pagado facturas de teléfono móvil y apenas han tenido trato con su familia, de modo que desconocen las realidades más complejas de la vida. Aunque no lo parezca, recoger a un niño del colegio y escuchar lo que nos cuenta es una tarea mucho más complicada que participar en una cumbre del G-8, escuchando por los auriculares una voz soñolienta que nos habla en esperanto. Y no hablemos ya de los encuentros a solas con nuestra pareja a última hora de la noche, cuando uno tiene que enfrentarse a la carcoma de la vida doméstica. Los políticos, por supuesto, están siempre en otro sitio. Y su chófer o su guardaespaldas saben mucho más de su vida íntima que su mujer o sus hijos.

Con la excepción de unos pocos políticos que saben que podrían ganarse muy bien la vida en la empresa privada, el noventa por ciento restante sabe que sólo podría aspirar a un modesto cargo en una Universidad o a dirigir una sucursal bancaria en Puente Genil. Y eso explica su sectarismo, su obediencia ciega, su absoluta incapacidad de iniciativa y su apática aceptación de la línea establecida en cada momento por la dirección del partido.

Veamos los casos de los dos aspirantes a dirigir este país. Zapatero -según contaba Juan José Millás en una entrevista que parecía la entrevista al Hombre Invisible- vivió veinte años recluido en un hotel de Madrid, sin ver a nadie y sin hacer nada, como el fantasma de un huésped que se hubiera ahorcado veinte años atrás en la misma habitación. Durante veinte años de diputado en el Congreso, participó en una comisión sobre el deslinde de las vías pecuarias (o algo parecido) y no se volvió a saber más de él. Y en 2004 ganó las elecciones porque su contrincante se había vuelto loco y se empeñaba en confundir sus desvaríos con la realidad, ante la cobarde pasividad de sus aduladores cortesanos, que no se atrevieron a llevarle la contraria.

Rajoy era uno de esos cortesanos. Sabemos que fue registrador de la propiedad, aunque no hay constancia de que ejerciera nunca, y que hay muy pocas cosas en este mundo que atraigan su atención. No le gusta leer, no le gustan el cine ni la música y sólo hojea el Marca. Por no gustarle (vistas las decisiones que toma, todas destinadas al fracaso), ni siquiera parece que le guste el poder.

¿Nos merecemos a estos dos líderes? A juzgar por el número de votantes fieles que tienen, me temo que sí.

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