HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano /

El miedo a la libertad

No sabemos si la democracia es el mejor ordenamiento político posible. De momento, y mientras los sabios no descubran otro, no hay sustitución. La hay, pero las que conocemos son los ya conocidos hermanos gemelos socialismo y fascismo, o comunismo y nazismo, los otros nombres por lo que se conocen a los Cástor y Pólux de la política. Tampoco hemos encontrado recambio para el capitalismo, como no sea ponerlo bajo la protección de un sistema democrático moderador de los abusos. Lo hemos dicho aquí con palabras propias y de otros autores: una sociedad es más democrática con desigualdad justa que con igualdad injusta. El capitalismo es el nombre, el concepto, moderno de un complicado sistema de origen natural, no porque lo hayamos decidido así en un momento de locura, sino porque es el mismo que aparece en las primeras noticias históricas escritas. Es más, la escritura debió inventarse, entre otras cosas, para llevar las cuentas del comercio.

Nadie piense, y menos ningún lector de esta columna, que la economía de una sociedad compleja es un arte malicioso de banqueros y especuladores millonarios del mundo rico; porque, entonces, tendríamos que reconocer que no hemos avanzado nada en los dos últimos siglos, aunque sea verdad que hemos avanzado poco. Cuando uno cualquiera de nosotros sale por la mañana a sacar dinero y ver cómo está el saldo de sus discretísimos ahorros, compra un periódico o dos, pan, fruta, toma café, echa gasolina, hace una llamada telefónica y una consulta en el ordenador, se está comportando como un capitalista, igual que un Vanderbilt, pues esos ahorros y esos gastos hechos por millones de personas todos los días son los que sostienen un sistema antiquísimo, el mismo que los jóvenes adoctrinados en el analfabetismo funcional y los irresponsables políticos dicen poder cambiar. Como libertad personal, se puede: ahí está el ejemplo de los anacoretas, pero no se enseña en las escuelas sino lo contrario, que la vida es una fiesta. Si cambiara el sistema en otro de los conocidos, se acabaría la fiesta.

La persistencia en el error, y en los errores que el error genera, no se explica sin la repugnancia que la izquierda siente por la democracia y las libertades. Son frenos para la consecución de la sociedad socialista. La vocación dictatorial de la izquierda no admite frenos. Si la derecha gana unas elecciones, algo ilegítimo ha intervenido. La legitimidad y la superioridad moral sólo pueden ser de izquierdas. Los sindicatos millonarios y los escolares analfabetos cuentan con experiencia para organizar disturbios callejeros impulsados por el miedo a la libertad. En una democracia, el gobierno legalmente constituido tiene el monopolio de la violencia para defender la calle y proteger a los ciudadanos de las agresiones políticas. Sin complejos.

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