La esquina

Todos mienten

SOBRE la veracidad de todas las encuestas que se hacen en España se proyecta la duda corrosiva acerca de si los encuestados son realmente sinceros o más bien mienten, por un acto reflejo de simpatía con el encuestador o de adhesión a lo política o culturalmente correcto. Sobre las encuestas acerca del sexo, más.

Quiero decir: la fiabilidad es aún más cuestionable cuando no se pregunta al ciudadano por sus simpatías políticas o por su opinión sobre la situación económica, sino por su actividad sexual. El sexo ha dejado aparentemente de ser un tabú, pero nuestra sexualidad en concreto, la suya, la mía y la del otro, nos la reservamos celosamente. Consideramos el asunto, en general, una parte delicada y vulnerable de nuestra intimidad. No se lo confesamos ni a la familia. Bueno, a la familia menos que a nadie, no vaya a ser que terminen conociendo cómo somos de verdad.

Ahora se ha hecho público un informe sobre los hábitos de salud sexual de los españoles en el que han participado tres mil compatriotas de entre 25 y 70 años. Y aun teniendo en cuenta esta tendencia global a la ocultación, los investigadores han sido capaces de vislumbrar una conclusión clarificadora: todos mienten. Los hombres, cuando fardan de que siempre tienen ganas (de practicarlo) y de que, además, lo hacen con mucha frecuencia. Las mujeres, por el contrario, no mienten sobre su frecuencia y deseos, sino mientras lo hacen: exageran acerca de lo que disfrutan en la cama, o dondequiera que lo hagan. No lo pasan tan bien como parece. Ellos son bastante fantasmas de cara al exterior; ellas lo son digamos hacia el interior, con la pareja ocasional o fija. Ellos fanfarronean, ellas fingen.

Unos y otras no acaban de estar contentos con su actividad sexual. Hasta un 82% piensa que sus relaciones íntimas no son suficientemente satisfactorias y que podrían mejorar. ¿Qué es lo que se interpone entre un afán tan entusiasta y un resultado tan desfavorable? Pues la falta de deseo, sobre todo en las mujeres, la disfunción eréctil en el caso de los hombres, y la rutina, que es compartida. Cada uno de estos factores da para un tratado. Limitémonos en esta columna a señalar que la falta de deseo femenino no es atribuible en exclusiva a la que lo padece (esto lo expresó brutalmente alguien, quizás Unamuno: "No hay mujeres frígidas, sino hombres incompetentes"), que la impotencia masculina vuelve a desvelar que los hombres rechazan contar sus intimidades (nueve de cada diez que la sufren no acude al médico, menos de los que se informan por internet) y que la vida cotidiana es la gran enemiga de la pasión.

Bueno, todo ello suponiendo que hayamos dicho la verdad.

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