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Rafael Padilla

Nos mintieron

LAS revelaciones realizadas por el presidente Zapatero al diario El Mundo, referidas a la negociación con ETA, son objetivamente muy graves. Y lo son, porque suponen el reconocimiento de que los contactos, a pesar de las numerosas ocasiones en las que se nos aseguró lo contrario, se mantuvieron tras el atentado mortal de Barajas. En ese sentido, las palabras de Zapatero son tan claras como sorprendentes: "Continuaron con una situación muy deteriorada [ý]. Y fue debido al deseo de instancias internacionales. Al ver que tenían toda la buena voluntad de que pudiera verse la luz al final del túnel, de que aquello no fuera el finý". Preguntado sobre si no le suponía un conflicto ético reunirse con quienes acababan de matar, el presidente respondió: "Mi principio ético era agotar hasta el último suspiro para evitar que hubiera más víctimas".

Esta tardía sinceridad presidencial contrasta con la firmeza (ahora sabemos que fingida) de manifestaciones anteriores, suyas y de sus ministros. Faltó a la verdad Zapatero cuando, el propio 30 de diciembre de 2006, declaró haber ordenado "suspender todas las iniciativas para desarrollar el diálogo". Nos engañó también Rubalcaba, el 2 de enero de 2007, al afirmar que "ETA ha roto, liquidado y acabado con el proceso de paz". Hizo lo propio José Blanco, en la misma fecha, al indicar que "el proceso, porque así lo ha querido ETA, está roto". Más adelante, en mayo de 2007, al multiplicarse las denuncias de que los contactos proseguían, de nuevo el presidente y sus ministros no tuvieron ningún reparo en ocultarnos la verdad: "Es radical y absolutamente falso que autorizara, conociera o promoviera relaciones no ya con ETA, por supuesto, ni con Batasuna" (20-05-07. Rodríguez Zapatero); "Dejen de meter ese dedo en el ojo del Gobierno. Lo único que hacen es transformarse en el eco de la organización terrorista" (16-07-07. Fernández Bermejo, sí el mismo que ahora proclama justificable la mentira).

No basta con matizar, a destiempo y mal, que esos "intentos" fueron impulsados por organismos extranjeros (el Sinn Fein y el Centro Henri Dunant) y que en ellos participaron "funcionarios sin poder negociador". El daño ya está hecho: se trata del caso más flagrante de engaño a la nación española por su presidente en la etapa constitucional. Algo por lo que en cualquier país medianamente serio hay que dimitir.

Aún resuena la voz de Rubalcaba en aquellas horas infames del marzo de 2004: "Los españoles no merecemos un Gobierno que nos mienta". Pues eso, que seguimos sin merecerlo y que ojalá, visto el nulo respeto que el de hoy nos tiene y la desvergüenza con la que nos lo demuestra, obremos pronto en justa y necesaria consecuencia.

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