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La montera

Mariló Montero

El osito sudanés

Asus cincuenta y cuatro años, Gillian Gibbons decidió dar un giro total a su vida en busca de un poco de aventura. Y la encontró. Probablemente, más intensa de lo que ella deseara. Pensó que su vida como maestra de Primaria en Londres era puro aburrimiento, así que una tarde desplegó el mapa del mundo sobre la mesa de la cocina y se dedicó a buscar fronteras que guardaran miseria. Después de recorrer con la vista más países que Defoe, puso su dedo índice sobre Sudán. Estaba determinada a ejercer como maestra de niños desprotegidos, aquéllos a los que les enseñas una letra y son felices de aprender. Transmitió su decisión a la familia, a sus propios hijos adultos y les convenció de que su vocación tendría más sentido con los niños más desfavorecidos. En pocos días volaba hacia la capital del país más grande de África, Jartum.

En agosto ya impartía clases a niños de entre seis y ocho años en un colegio privado en el que se practicaba la religión cristiana. Con la intención de que los pequeños conocieran detalles sobre el mundo animal, Gillian regó de ilusión la curiosidad de sus alumnos y les pidió que trajeran a clase animales inanimados. Una de sus alumnas, de siete años, apareció con un osito de peluche en sus brazos. La maestra, conmovida por la simpatía del osito y la inocencia de su madre adoptiva, invitó a todos los niños a bautizar al muñeco. De los veintitrés alumnos, veintidós decidieron ponerle uno de los nombres más populares de Sudán: Mohamed o, lo que es lo mismo, Mahoma. La tarea escolar consistía en convivir con él durante el fin de semana e ir anotando en un cuaderno sus experiencias. La ilusión que invadía a Gillian por emprender una nueva vida y conquistar un mundo empeñado en aliar a sus dispares civilizaciones quizá le hiciera olvidar que Sudán es, además de un país islámico, uno de los más autoritarios del mundo y donde la limpieza étnica es tan frecuente como la de las calles de nuestras ciudades. Una de las madres de los alumnos advirtió a la maestra británica del riesgo que conllevaba que el osito se llamara Mahoma. Una vez más, la maestra de Liverpool pecó de inocente al defender que así enaltecía el nombre del profeta, quien un día también fue niño, como todos los dioses.

Su caso llegó a oídos del presidente, Omar Al Bashir, el cual dio la orden de condenar a muerte a la británica por insultar y blasfemar al Islam. Con las gestiones diplomáticas y el viaje a Jartum de dos miembros musulmanes de la Cámara de los Lores se consiguió el indulto y que hoy Gillian vuelva a dormir en su casa de Liverpool. Toda una aventura que la ha conmocionado y que ha demostrado que la presión internacional es poderosa. Y pregunto con inocencia de osito: ¿qué podría salvar de otros crímenes a las víctimas sudanesas?

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