Editorial

El papel de las diputaciones

UN vídeo grabado con cámara oculta por una cadena de televisión nacional ha desvelado la situación, anómala, de los asesores que los partidos políticos contratan con cargo a las arcas de las administraciones públicas. El vídeo recoge cómo algunos de los 42 asesores de los que dispone el PSOE en la Diputación de Almería se jactan de no ir a trabajar e, incluso, ironizan sobre los ostentosos cargos que ostentan, sin tener formación para el puesto requerido. El Partido Popular ha aprovechado la ocasión para poner el caso en manos de la Fiscalía, pedir un pleno extraordinario y denunciar la posible financiación ilegal del Partido Socialista en Almería. Cinco días después, el PSOE ha tomado cartas en el asunto, ha destituido a los asesores grabados y ha mostrado su disposición a reducir el número de personas de libre designación, aprovechando para ello los Presupuestos de 2009. La situación no es nueva. Los partidos políticos, carentes en muchos casos de personal preparado y con finanzas precarias, aprovechan los fondos de las administraciones para colocar militantes, pagar favores debidos o "consolar" a alcaldes que han perdido las elecciones en sus pueblos. No parece que sea la mejor fórmula esta para mejorar la imagen de una administración supramunicipal que ha trabajado desde el advenimiento de la democracia, codo con codo, con los ayuntamientos, prestando todo tipo de colaboración, especialmente técnica y de personal, ayudando a cambiar la fisonomía de los pequeños municipios. En los últimos años, las diputaciones han ido reduciendo su papel primordial, definido como "el ayuntamiento de ayuntamientos", para convertirse en un cementerio de elefantes políticos y el cajón de sastre en el que caben casi todos los defenestrados por las urnas o las disputas internas. No es el camino. Se trata de recuperar la esencia de sus funciones, que no son otras que la prestación de servicios a los que los pueblos solos no pueden hacer frente, por falta de medios, y alejarse de la tentación, fácil, de usar los presupuestos como chequera para pagar favores debidos o alimentar los aparatos partidistas.

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