EL ZOCO

Juan López Cohard / Jlcohard@malagahoy.es

Algo pasa

PARA el dramaturgo y poeta noruego Henrik Ibsen, que murió en 1906, los locos ya estaban en una terrible y aplastante mayoría a todo lo ancho del mundo. Si hubiese vivido en nuestra época y hubiese visitado nuestro país, habría añadido: y la minoría restante tiene su cordura en tregua indefinida. Algo pasa en nuestra sociedad, en lo que llevamos de año son ya una decena las víctimas por violencia machista, la mayoría con resultado de muerte por arma blanca, algunas se libraron de chiripa, aunque con gravísimas lesiones y, en muchos casos, no se habían producido denuncias por malos tratos. ¡Terrible! Salimos, casi, a una agresión cada dos días.

En el caso de La Palmilla, en el que una mujer recibió varias puñaladas, nadie había observado nada anómalo en esa pareja con un hijo de 14 años, salvo que mantenían pocas relaciones con el vecindario, pero, ¿cómo se puede tener en un piso de una sexta planta todo un zoológico sin que nadie lo supiese? Porque el solo hecho de tener varios monos, serpientes, mapaches y algún que otro espécimen, además de catanas, puñales y navajas, ya es un síntoma de que el criminal individuo tenía un manojo de cables pelaos. ¿Qué se podía esperar? ¿Cómo aguantaba la mujer víctima y su hijo? ¿Y cómo estará de zumbado el agresor para lanzar al vacío algunos de los citados animales?

Estoy convencido de que la legislación que tenemos en nuestro país no está a la altura de las necesidades sociales para acabar con esta lacra. Muchos ciudadanos percibimos que los correctivos penales no están medidos de acuerdo con la gravedad de los hechos. Y algunos, hasta están convencidos de que la pena que recaerá sobre este criminal, al que seguramente su defensor le buscará atenuantes, alegando algún tipo de enajenación, será menor por el intento de asesinato, que la que le hubiese caído si la pitón, lanzada al vacío desde su domicilio, hubiese quedado parapléjica.

La locura tiene grados. A Don Quijote, en la casa del Caballero del Verde Gabán, se le diagnostica como "un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos" y Samuel Beckett, en su obra Esperando a Godot afirma en boca del vagabundo Vladimir que todos nacemos locos. Es la locura sana y necesaria, es la locura que elogia Erasmo. La otra, la que sube en el escalafón hasta llegar a la del máximo grado de brutalidad, es la que se va generalizando de forma aterradora.

En el más bajo escalón de la locura está la incongruencia. Suelen adolecer de ella los políticos en época de elecciones. Sirva como ejemplo la de Zapatero, dejándose entrevistar por Pedro Jota y haciéndole confesiones inconfesables, si bien muchos le darán la absolución para que alcance el reino de la gloria llamado La Moncloa. Más incongruente aún resulta el hecho de que Rajoy le devuelva amablemente el favor recibido, dejando fuera de las listas al Parlamento a Gallardón, siendo, como es, la cara más amable y liberal del PP. Pero, al fin y al cabo, estas locuras no son preocupantes dado que lo más congruente, en nuestro panorama político, es que las elecciones se celebren con el carnaval.

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