No saben o no contestan

Los medios de comunicación -televisivos, radiofónicos, escritos o digitales- se nutren, preferentemente, de la manía parlanchina de los políticos que así se desnudan para mostrar las vergüenzas de su falta de altura intelectual, preparación -tengan o no títulos o máster adquiridos legal o ilegalmente-, altura de miras, honestidad, interés por los problemas que preocupan a los ciudadanos y, sobre todo, dignidad y elegancia cuando hablan de los errores de sus contrincantes y son incapaces de admitir los suyos.

Acostumbrados a ser lenguaraces, cuando tienen que dar cuentas de sus tropelías pierden la memoria. Ocurre, no en sede parlamentaria que se ha convertido en una jaula de grillos, en esperpénticos duelos carentes de interés, cuando no de tópicos y bajezas, sino cuando tienen que comparecer ante tribunales judiciales u organismos de investigación. La horrible lentitud de la Justicia española hace que nos olvidemos de los orígenes. Ha ocurrido con las distintas tramas Gürtell, y está ocurriendo estos días en Andalucía con los ERE que, desde el comienzo de su instrucción por la jueza Alaya, llevamos siete años con el asunto, hasta el punto de costar trabajo recordar sus detalles. Casi tanto como se han olvidado los responsables. Todos dicen que no sabían nada y, además, no se acuerdan. Es la táctica que han utilizado líderes del PP en las causas abiertas contra ellos. El PSOE no iba a ser una excepción, aunque estén cesados sus altos cargos, incluidos los ex presidentes de la Junta Chaves y Griñán. En todo caso las responsabilidades se las endosan a mandos menores. No sospechaban lo que ocurría a su alrededor y que el reparto multimillonario clientelar de fondos públicos, era ilegal. Es lo normal, en un país donde todos los partidos políticos, de una u otra forma e importancia, están salpicados de presuntos o confrmados casos de corrupción. Deberían mirar en su interior antes de tirar la primera piedra, frecuente en la vida pública.

Es difícil encontrar gentes, no manchada por intereses personales o ideologizados hasta la locura -caso que estamos viendo en los extremismos independentistas- que confíe en los políticos, en sus promesas y en sus denuncias. Los primeros en deteriorar la democracia son los que deberían ser sus abanderados y no utilizar su nombre en vano.

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