RELATOS DE VERANO

Jorge Duarte Domínguez

La sal de la vida (IV)

Trinidad y su mujer llevan un mes preparando una paella en su casa de campo, a la que están invitados unos clientes importantes. Del resultado de la paella puede depender el cierre de un gran negocio. Una hora antes de recibirlos advierten que no tienen sal. Trinidad, desesperado, coge el coche y se dirige a la única casa en todo el valle, una cabaña perteneciente a un santón. Éste le abre las puertas de su casa pero le advierte que la Iluminación es incompatible con dar o recibir bienes materiales, por lo que desprenderse de la sal supone un grave riesgo para su equilibrio espiritual.

Ahora mismo va a comprobar el tibetano lo eficaces que somos los capitalistas a la hora de solucionar problemas, pensé en un arrebato de lucidez. Saqué un billete de cincuenta euros de la cartera, lo coloqué encima de la mesa con prosopopeya y le dije:

-Ahí tiene, por la sal y por las molestias. Si no le importa, me da la sal ahora mismo. Tengo algo de prisa. Mis invitados están a punto de llegar…

-A mi casa no se viene con prisas -. Cogió el billete y lo quemó con la llama de la vela. Tras lo cual expresó -: Esto es lo que hago yo con su asqueroso dinero. 

Harto de tanta paranoia ascética, me levanté para largarme de aquel manicomio en miniatura. Ya en el umbral de la puerta, solté como despedida y a voz en gritos:

-Métase la sal donde le quepa, tibetano de los cojones. Ahí os dejo, zumbados-. Y me largué dando un tremendo portazo. 

Despidiendo humo por las orejas y con mi cerebro a punto de reventar, me dispuse a subir al coche, pero mis piernas empezaron a flaquear y la respiración, ruidosa y silbante como el rebuzno de un burro asmático, se me hizo tan ardua que creí desfallecer. Me senté en una piedra e intenté inhalar aire en profundidad. Al cabo de unos minutos logré serenarme lo suficiente como para comprender que acababa de tirar por la borda la única salida a mi grave problema. No comprendía cómo había tenido tan poca paciencia con el monje siendo un excelente negociador en mi profesión. Súbitamente di con una especie de solución, la cual fui perfeccionando en mi mente hasta que la consideré más que viable. Saqué el móvil y marqué el número de Tomoko.

-Oh, eres tú, amigo -respondió Tomoko antes de que abriese mi boca-.  Estamos a mitad de camino más o menos. No te preocupes, todavía no nos hemos perdido. 

-Me alegro, Tomoko. Pero te llamo para pedirte un favor, digamos, espiritual.

-Soy todo oídos, Trinidad.

-Verás, es costumbre en mi pueblo que la sal de la paella la aporte el invitado más ilustre. Sería para mí un honor que fueras tú quién la trajera.

-Eso que dices es muy emotivo, pero me temo que no va a ser posible. Hemos recorrido el último pueblo antes de tu casa para comprar unos refrescos y está todo cerrado.

-Entiendo... -musité, apesadumbrado.

-Es sorprendente que menciones la sal -añadió, ostensiblemente pasmado-. Desde luego que eres un hombre espiritual y estás conectado con el Universo.

-¿A qué te refieres?-respondí, temiendo lo peor.

-Pues verás, ahora mismo estábamos hablando precisamente de la sal. Mi socio decía que es un experto en paellas: ha estado en Valencia muchas veces por negocios y se vanagloria de haber tenido los mejores maestros arroceros. Mantiene que el punto exacto de sal en las paellas es algo extremadamente difícil de conseguir. Parece que sólo él y unos pocos elegidos son sabedores de una fórmula matemática para calcular la proporción exacta de sal en el arroz. Como tengo una fe ciega en tus virtudes culinarias, le he dicho que se meta la formulita por el culo, que en España estas cosas se hacen a ojo. Le he asegurado que nadie prepara la paella como tú en toda España -terminó de decir en tono jocoso.

-Vaya, pues sí que es una casualidad… -. Un terrorífico escalofrío recorrió todas mis venas y arterias, como si hubiera despertado junto a Belén Esteban tras una noche loca.

-Pero lo más gracioso no es eso, Trinidad -dijo entre risas, quizá nerviosas-. Resulta que Daisuke, que tengo aquí a mi lado conduciendo con cara de haba, se ha puesto como una furia el muy vanidoso y me ha retado a que no le das el toque exacto de sal a tu paella. Hasta me ha llegado a amenazar con no adquirir el buque a tu empresa como el arroz resulte soso o salado. Pero no tienes de qué preocuparte. Mi socio es muy excéntrico pero, todo hay que decirlo, también justo y objetivo. Te lo digo porque ha llamado a tres cocineros profesionales, de cuyos honorarios se hace cargo, por supuesto, para que acudan a tu casa, se erijan en tribunal y prueben el arroz. La decisión recaerá sobre ellos. No he tenido más remedio que aceptar la apuesta, amigo. En mi país no hay una forma más honorable de dilucidar una controversia.

El teléfono se cayó de mi mano muerta. Bajé del coche, hinqué las rodillas en tierra y rompí a llorar amargamente hasta que liberé una buena parte de la congoja que aprisionaba mi garganta. Con la barbilla inclinada sobre mi pecho y los hombros hundidos encaminé mis pasos hacia la casa del monje. Me planté frente a la puerta, que estaba entornada, y tras unos instantes de incertidumbre entré. Me planté en medio del salón. 

Maestro y alumno no se sorprendieron de verme, ni siquiera me hicieron el menor caso. Habían puesto un reloj de arena sobre la mesa y ambos miraban, ensimismados, cómo éste se iba vaciando. El Maestro, sin levantar la cabeza, ordenó:

-Siéntese, Trinidad. 

Obedecí y me senté junto a Trigo. Estaba desconcertado por el significado que podría tener aquel reloj, del que no apartaban la vista ni un segundo. El monje se dirigió entonces a su alumno:

-Como verás, el reloj todavía está lleno por la mitad y el pija ha vuelto a mi "jardín" dócil como una muñeca hinchable. Nunca me equivoco, hijo, y tú te has atrevido a dudar de mi sabiduría.

Lo cual oído por Trigo, le replicó:

-De ningún modo, Maestro. Sólo he dicho que me parecía que era improbable que el señor Trinidad volviera después de tan soez despedida.

-Desabotónate la camisa y muestra el pecho.

-¿Qué?

-¡Lo que has oído, idiota! -gritó Pelegrín.

Trigo comenzó a desabrochar la camisa fijando su vista en el monje con sumisión, pero con un punto de temor que hacía que sus movimientos fueran lentos y cautelosos. Nada más terminar, abrió su camisa de par en par. El monje, sin mediar palabra, le arreó dos enérgicos golpes de fusta en su pecho a derecha y a izquierda, dejándole una marca roja con forma de equis. Trigo soltó un tremendo alarido de dolor y empezó a rodar sobre la  alfombra entre quejidos y sollozos nada varoniles.

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