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Rafael Padilla

Se va

LA intención, manifestada por el presidente Zapatero, de no concurrir como candidato a las próximas elecciones generales añade incertidumbres en un tiempo que precisamente necesita desprenderse de ellas. Estando pendientes, como están, reformas económicas vitales (la reordenación definitiva de nuestro sistema financiero, la instauración de políticas transversales de contención del gasto en todas las administraciones públicas, la regulación de un mercado laboral que nos permita cuanto antes crear empleo, el diseño de las políticas sociales que, hoy por hoy, podemos permitirnos), no parece sensato introducir un factor de debilidad en el liderazgo de quien ha de afrontar tan delicadísima tarea. De ahí mi crítica: se trata, entiendo, de una decisión que aprovecha más al partido que al país. Son razones electorales y de reequilibrio interno las que han primado sobre las estrictas que derivan del interés general. Ahora que, apacentados por Bruselas, habíamos emprendido el camino correcto, Zapatero no debería haber enviado una señal tan obvia de fragilidad. Se abre así un periodo confuso en el que permanentemente planeará la sospecha de provisionalidad sobre cualquier iniciativa que propicie.

No será -si al cabo lo agota- un año fácil para Zapatero. Si ya de por sí las medidas adoptadas en los últimos meses traslucían un cierto grado de incomodidad por su parte (no olvidemos que están suponiendo un abandono, necesario aunque evidente, de su inicial programa de gobierno), las que restan, en lo que tienen de deconstrucción de su propio perfil ideológico, significarán, me imagino, un trago insufriblemente amargo para él. Y el caso es que son inaplazables, que no pueden quedar al consenso de precandidatos y que reclaman una continuidad de proyecto que no sé si todos los aspirantes estarán dispuestos a asumir.

En tales condiciones, quizás sólo aparecían dos alternativas útiles: dar por terminada la legislatura y consultar al pueblo sobre la solución a las nuevas realidades; o demorar al máximo la comunicación del desistimiento presidencial. En ambas se garantizaba la firmeza y la legitimidad de hecho de todo lo que queda por hacer. Zapatero no ha querido escoger ninguna de las dos y, con ello, perjudica nuestras perspectivas, satisface únicamente a los suyos y pierde peso y credibilidad en la difícil urdimbre de nuestro inmediato futuro.

No es día de balance, ni yo lo pretendo. Llegará el momento en que habremos de enjuiciar -por cierto, no ya en las urnas- sus sombras y sus luces, el sentido y la lógica de una trayectoria que se encontró una España hilvanada y nos la entrega francamente descosida. Pero para mí tengo que comete un penúltimo y gravísimo error: el de, ambiguo hasta el extremo, dejar sin dejar un timón que, antes que decadentes, demanda manos vigorosas, capaces de pilotar con altura de miras y grandeza de espíritu.

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