por montera

Mariló Montero

La vergüenza de ser padre

DURANTE años ir al colegio fue para él un tortura. Es probable que toda la vida arrastre una inseguridad sobre las cosas que pretenda acometer porque crea que vayan a derivar en un fracaso. Le quedarán traumas, arrastrará inseguridades en su madurez, padecerá complejo de inferioridad permanente y sentirá que las cosas malas que le pasan se las merece… El pequeño de ocho años recibía el acoso diario de cinco compañeros de clase. Le llamaban "maricón" y, como apellido, "hijo de puta". Los cinco gallitos le clavaban lapiceros en el cuerpo, rasgaban su ropa, le obligaban a traerles sus juguetes de casa… Ellos, en cada una de esas agresiones, crecían fuertes ante esa sociedad limitada entre las vallas de un colegio que dio la espalda a esa realidad por muchas denuncias que recibiera de la madre del menor maltratado.

La dirección del colegio concertado Amor de Dios de Alcorcón, en Madrid, hizo caso omiso a las súplicas de los padres del crío agredido. Banalizaban la situación, aun siendo conscientes de que esa pobre criatura era castigada. Como solución, le dijeron a la madre que le "comprara un balón" para que su hijo hiciera amigos.

El día que el pequeño preguntó en casa qué significaba dejarte en coma, los padres reaccionaron. Y los padres del otro bando, también. Al menos uno de ellos, que definió a su propio hijo como "el terror del patio", mientras pedía ayuda a los profesionales del centro para reconducir a su hijo. La dirección del centro tampoco reaccionó esta vez. Numerosos avisos y denuncias, y la indiferencia siempre, fue la respuesta del colegio, que recurrirá la sentencia más alta dictada en un caso de acoso escolar.

Todos recordamos a Jokin, el adolescente que se suicidó en Fuenterravía después de ser acosado en el colegio. Y todos nos solidarizamos con los padres de los pequeños que son víctimas de estas aberrantes prácticas. Pero también me sobrecoge pensar cómo vivirán los padres de los agresores, como el que en este caso de Alcorcón sabía que su hijo era terrorífico e indomable a sus órdenes.

Despierta admiración que un padre haga pública la condena contra su propio hijo en lugar de sobrevivir al crimen y castigo en silencio. Nos deja demasiados interrogantes sobre si hubiera cierta condescendencia criminal. La voz en alto de un padre avergonzado no hace más que ejemplarizar una actitud deshonrosa que convierte en un orgullo desgraciado. Mete en el infierno a un padre que se pregunta qué ha hecho tan mal y la desesperación de no saber ponerle remedio. Su confesión ayudó a hacer justicia. Para nosotros se cierra el caso. Pero cada día que pase será una condena eterna para todos ellos, puesto que la autorrecriminación que el criminal se inflige a sí mismo es peor que cualquier castigo que la sociedad pueda aplicar.

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