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Tribuna

Ángela fernández

Periodista

Los visitantes autómatas

El turismo que se recibe es fruto del tipo de turismo que se fomenta. Educar al viajante y atraer a gente respetuosa con la esencia de las ciudades es un trabajo duro pero posible

Los visitantes autómatas Los visitantes autómatas

Los visitantes autómatas

Acaso no tengan tiempo para darse cuenta pero, hay algo que convive con nosotros diariamente y que parece que no queremos, o no sabemos cómo, plantarle cara. Hablo de la prisa y su afán por hacer de nosotros personas despistadas, estresadas, impacientes e insatisfechas. Y es que estamos inmersos en un ritmo vital que influye en la forma de ver o, mejor dicho, en la forma en la que estamos dejando de ver, de mirar y de admirar la vida.

La prisa parece haber llegado para quedarse y, consiguientemente, hemos eliminado esa capacidad que acostumbraba a favorecer los resultados positivos, la paciencia. Amiga del buen hacer, de la calma y del conocimiento, es la paciencia idolatrada y protegida por una nueva religión de estilo de vida que adoctrina el vivir con lentitud.

La corriente del slow life, vida lenta, pretende instaurar la desaceleración de nuestro ritmo vital para poder conseguir una mayor percepción de lo que nos rodea. Esto es, disfrutar del camino, deleitarnos con los sentidos, pararse a contemplar el mundo. Paradójicamente, pararnos y respirar hondo supone un gran esfuerzo y sabemos que la prisa anda siempre vigilando y acechando, incluso cuando intentamos escondernos de ella, como en el caso de las vacaciones.

Los viajes se han convertido en una yincana en la que gana siempre quien ve más lugares en menos tiempo. Pocos días y demasiados planes ocupan el todo incluido de los paquetes de viajes mejores ofertados. Del mismo modo, la prisa la vemos en los que vienen. Los turistas que pisan la ciudad dedican poco rato a pasearla, a saborearla y a descubrirla. La celeridad con la que los espectadores caminan por nuestras calles y el poco tiempo del que disponen encuentra el apoyo en terrenos y actividades amoldadas a ellos.

El turista tiene todo tipo de facilidades para recorrer la ciudad velozmente, por ejemplo en los llamados segway, vehículos unipersonales con ruedas. "La forma más rápida de recorrer la ciudad", así lo venden. A los autobuses descapotables se suma la aparición de pequeños coches biplaza con audio-guía y GPS incluidos, y no hay que olvidar la proliferación de empresas que ofrecen los ya frecuentes tours en motos y bicicletas. Visitar a gran velocidad es la nueva moda y el resultado no es solo que el turista dispone de menos tiempo para dejar su dinero, sino que se promueve la llegada de visitantes autómatas, rebaños de personas con demasiada prisa por guardar selfies y con poca paciencia para amontonar recuerdos, y no me refiero a los souvenirs de flamencas y toros.

Y, si disponen de un rato, pueden fijarse en cómo los cascos históricos están invadidos, literalmente, por veladores que invitan al transeúnte a parar allá donde les coge de paso, evitando que el individuo tenga que hacer ningún ejercicio de elección o búsqueda de calidad. La multiplicación de franquicias y la apertura de tiendas repletas de imanes y camisetas recuerdan no solo el poco afán del ser humano a diferenciarse sino igualmente la falta de espacio que se reserva para la gastronomía tradicional y para la artesanía local. Las ciudades "ombligo", con agrupación de turistas en los centros urbanos, están experimentando una huida de sus habitantes hacia las zonas rurales y están dejando un rastro de fachadas dirigidas al alquiler vacacional. Un ejemplo positivamente opuesto es el caso de Bilbao o Málaga y la apuesta por la dispersión de los espacios con funcionalidad turística. Estos espacios, interesantes también para los residentes, conforman puntos de interés fuera del núcleo histórico y están enfocados en propuestas relacionadas con el arte y la cultura. Lejos de esta idea de descentralizar los focos de encanto turístico quedan Granada, Sevilla o Barcelona, muy adaptadas al turismo del "parpadeo", el que se hace en un abrir y cerrar de ojos.

El turismo que se recibe es también fruto del tipo de turismo que se fomenta. Educar al viajante y atraer a gente respetuosa con la esencia de las ciudades, cada vez más vacías de alma, es un trabajo duro pero posible. Ahora, que todavía no es demasiado tarde, es momento para preguntarnos hacia dónde queremos dirigir el sector turístico y cuáles son los espejos en los que debemos mirarnos. Promover el patrimonio cultural y artístico, la gastronomía tradicional y los barrios en los que poder convivir con el ritmo pausado de la cotidianidad puede ser la alternativa y la salvación de aquel lugar que necesite huir de convertirse en otra Venecia más. Esto sí nos corre prisa.

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