Los nuevos defensores del vino tinto de Ronda

  • Martin Kieninger y Sergio Flores son los propietarios de las dos últimas bodegas inscritas en el Consejo Regulador de Denominación de Origen · Apasionados del vino, han decidido emprender una aventura empresarial que requiere una gran inversión

Martin C. Kieninger era un personaje en el municipio en el que vivía en Austria. Hijo del fundador de una potente constructora, tenía la vida más que resuelta. Sin embargo, un día hace diez años, acompañado de su mujer, una granadina a la que conoció en su juventud en un fugaz viaje a España, decidió dejarlo todo y venirse a vivir a Ronda. Compró una finca llamada El Corchero y se construyó una casa. Le homologaron su licenciatura de Arquitectura y abrió un despacho en la capital del Tajo. Ahora es el propietario de la penúltima bodega inscrita en el Consejo Regulador de Denominación de Origen Málaga y Sierras de Málaga, la trigésimo primera.

Muy aficionado al vino, en Ronda conoció a algunos expertos en la materia como Federico Schatz o Juan Manuel Vetas que le dieron buenos consejos para cumplir uno de sus sueños: crear su propia bodega. En 2001 plantó sus primeras cepas -que trajo directamente desde Austria- aunque, como en todos los inicios, tuvo bastantes problemas con las plagas. "No quería echarle azufre y aparecieron los primeros hongos. Soy extranjero y no quiero ayudar a la contaminación en España, por lo que mi cultivo es ecológico. Me cuesta más pero no le echo nada químico", afirma. Reconoce que tardó unos años en obtener el equilibrio, "pero ya he aprendido".

Tiene una hectárea de viñedo con 3.000 plantas que en 2005 y 2006 le reportaron 400 litros de vino tinto de uvas cabernet sauvignon, cabernet franc, merlot y pinot noir. También plantó tres tipos de uva tintas austríacas "que son las mejores de mi país, aunque éstas no las ampara el Consejo Regulador de Denominación de Origen". Para Martin tener una bodega es una afición y un lujo -él vive de la arquitectura- que disfruta en solitario, con su esposa Ana y con sus amistades. De hecho, esos 400 litros han sido para autoconsumo. "Oficialmente nunca he vendido nada. Me lo he bebido yo y mis amigos", afirma entre risas. Como tiene varios tipos de tinto, tiene la posibilidad de variar. Y no la desaprovecha.

Sin embargo, las cepas son cada vez más fuertes y la producción aumenta. De la actual cosecha espera embotellar 2.000 litros por lo que, tras registrarse en el Consejo Regulador hace apenas unos meses, prevé vender a partir de junio unas 1.500 botellas de vino tinto crianza que se llamará Vinana y que tendrá un precio de 10 euros por botella a distribuidores. "El resto me lo quedo para mí", señala también con la sonrisa en el rostro.

El año que viene confía en que la producción alcance los 3.000 litros, por lo que aumentaría su capacidad de venta. Sin embargo, que nadie piense que tener un bodega es un negocio redondo. Martin asegura que, al ritmo actual, simplemente no recuperaría la inversión hasta dentro de 20 años.

A Martin le gusta experimentar. Mezcla los distintos tipos de uva tinta que cultiva y saca nuevos sabores. Matices casi para cada día. Es la libertad del que tiene, nunca mejor dicho, una bodega de autor. Incluso aprovecha que su esposa es homeópata para aplicar sus conocimientos a la lucha contra las plagas. "Mezclamos alcohol con un poco de microorganismos y los esparcimos con un fumigador. Muchas veces funciona", relata.

Los gastos son infinitos (compra de la parcela, de cepas, luchar contra plagas, maquinaria, empleados, embotellamiento, trámites burocráticos...) pero este emprendedor prefiere no pensarlo. Simplemente disfruta del momento, desde la privilegiada vista de Arriate que se vislumbra desde su finca. Ha dejado atrás el mundo de la construcción y la promoción inmobiliaria. En Ronda no es tan conocido como en su pueblo natal, pero Martin es feliz. Disfruta tocando el saxofón y es una de las pocas personas que puede decir que bebe vino tinto realizado directamente por él en su finca. Un lujo del que es consciente y del que no se arrepiente para gusto suyo e impulso de la economía malagueña.

Sergio Flores es otro de los toreros que lidian cada día con la dificultad que supone tener un viñedo, elaborar vino, embotellarlo y comercializarlo desde Ronda. Su bodega, llamada La Sangre, cierra actualmente el registro de bodegas inscritas en el Consejo Regulador, la trigésimo segunda. Sergio es otro apasionado del vino y, tras trabajar en una empresa farmacéutica en el extranjero, lo ha dejado todo e invertido sus ahorros para poder tener su propia bodega. Al igual que Martin, tiene a Federico Schatz como principal mentor y amigo de confianza.

Defensor de la historia y la cultura vinícola de Ronda, este nuevo bodeguero adquirió y reformó hace tres años una antigua bodega situada en pleno centro de Ronda -muy cercana al Ayuntamiento- en la que, además de centralizar el envejecimiento y comercialización de los vinos, ha instalado un museo en el que se pueden observar todo tipo de herramientas agrícolas, vasijas o etiquetas con centenares e incluso miles de años de historia como es el caso de las vasijas romanas o íberas. "No ha sido nada fácil poder adquirir esta colección porque hemos tenemos que acudir a numerosas subastas y no siempre podemos comprar lo que queremos, pero creo que el resultado está siendo muy bueno", explica con verdadera devoción al contemplar el museo que ha realizado desde la nada y que el pasado año fue visitado por 50.000 personas.

En Bodegas La Sangre elaboran sólo tintos y rosados de las variedades tempranillo, cabernet sauvignon, cabernet franc, merlot y syrah. Sergio cuenta con cinco hectáreas de viñedo -repartidas entre dos cultivos debajo del Tajo de Ronda y Acinipo, además de otras arrendadas- que en 2007 le han dado una producción de 30.000 botellas. Su tinto joven, del que sacó 8.000 botellas al mercado, ya está agotado y ahora comercializa 3.500 botellas de tinto roble (algo más fuerte) y 4.500 de Petit Verdot, siendo una de las únicas seis bodegas que comercializan esta última variedad en España por la dificultad de su procesamiento y la exigencia de no poder mezclarla con otros tipos de uva. Dentro de un mes, Sergio adelanta que empezará a comercializar 4.000 botellas de vino rosado y, a medio plazo, un nuevo reserva de un año en barrica bajo la marca Matatoro, que se suma a las ya existentes Bodegas La Sangre y Espinel con precios que oscilan entre los 4 y los 20 euros a distribuidores.

A Sergio se le ilumina la cara cuando habla de la cultura vinícola de Ronda, "que tiene 6.000 años de historia", y afirma con modestia que está empezando en este sector. Cada año organiza en el patio de la bodega una pisa tradicional de uva a la que, según afirma, el año pasado acudieron 4.000 personas. También hace de forma habitual cursos de cata a los que asisten conocidos sumilleres de restaurantes de prestigio de la provincia.

Ronda es la principal artífice del vino tinto hecho en Málaga. Son numerosas las bodegas que han proliferado en este municipio en los últimos años, algunas con una importante capacidad económica y otras más pequeñas consideradas de autor. Sergio señala que "Ronda está en el comienzo de la expansión" y destaca las buenas relaciones que existen entre todos los bodegueros, hasta el punto que suelen reunirse todas las semanas a charlar y compartir experiencias. Eso sí, el propietario de La Sangre cree que, pese a la calidad de los caldos, el vino de Ronda "aún no tiene un carácter definido ni una imagen común propia como en Rioja o Ribera del Duero". Hay que tener en cuenta, no obstante que todas las bodegas de Ronda tienen 230 hectáreas y sólo Vega Sicilia, una de las principales bodegas de La Rioja, un millar. Ronda está a años luz de esas dos denominaciones de origen en producción, pero con el esfuerzo de Martin, Sergio y el resto de bodegueros de la provincia ya no es una utopía.

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