Espirales

De crecimiento sostenible

La leyenda apócrifa dice que fue el padre de los Kennedy, Joseph, el que a principios de 1929 vendió todas sus acciones, poco antes del crack, cuando comenzó a oír a hablar a quienes le limpiaban los zapatos de subidas, bajadas, ampliaciones de capital, sectores maduros, etcétera. La historia se repite. De un tiempo a esta parte era posible ver con un periódico salmón bajo el brazo a cualquiera, incluso a uno mismo, signo infalible de que el pinchazo bursátil estaba al caer; como lo es que la llegada de las golondrinas anuncia el verano y las altas temperaturas. En los últimos meses quien más quien menos se ha acostumbrado a leer palabros económicos sobre los que todo el mundo –incluso los tertulianos más prudentes– habla sentando cátedra: hipotecas subpraim (pronúnciese así),  créditos Ninja (me hace gracia esta expresión: préstamos basura concedidos a las personas con no income, no jobs or assets), diferencial de inflación, pérdida de competitividad, confianza de los mercados, etcétera.

No seré tan majadero de extenderme sobre ellos. Sólo un apunte: crecí en un ambiente de precariedad laboral (mi padre fue entrenador de fútbol: no digo más) en el que la máxima principal de la economía familiar era que nunca se podía gastar todo lo que se ingresaba (y a veces era bastante) ya que no se sabía qué iba a ocurrir al domingo siguiente. De préstamos bancarios ni se hablaba. Y, de verdad, eso marca. Lo cierto es que, en fin, la crisis ha llegado y, como escribió el semanario inglés, “la fiesta se ha acabado”. Ahora la tarea que queda es pagar las copas, recoger botellas rotas, llevar las chicas a casa y pasar la resaca en casa lo más dignamente que se pueda.

En pleno apogeo de la parranda de los últimos quince años, sin embargo, y ante la evidencia de que a ese ritmo de depredación nos quedaban tres telediarios y medio en este planeta, comenzó a ponerse de moda esa expresión tan imprecisa de “crecimiento sostenible”. El mantra venía a decir que podíamos –podemos— crecer exponencialmente sin que por ello sufriera el medio ambiente o estuvieran en peligro los últimos ecosistemas intactos del planeta. O lo que es lo mismo: que podíamos –podemos– llegar a 9.000 millones de personas de aquí a poco, que cada unidad familiar tenga dos o tres residencias y cuatro coches, que todos viajemos a Praga por Navidad y que en cada puente festivo atasquemos carreteras recién ampliadas sin que, necesariamente, tenga que sufrir Gaia.

Me encanta la idea, lo confieso, pero a veces soy más obtuso de lo que todavía creo y pienso con la simplicidad de un agricultor viejo: dos más dos igual a cuatro. En cualquier caso supongo que, en lo que nos toca más cerca, los últimos camaleones de los pinares aislados de Huelva o Cádiz estarán brindado con moscas y resina ante las nuevas del crecimiento cero o negativo (la expresión económica más discordante de todas): por un tiempo no habrá nuevas promociones de chalecitos y pareados que acaben con sus escondrijos.

Y es que, por suerte o por desgracia, no creo en otro crecimiento sostenible que el decrecimiento, la contracción voluntaria o impuesta del consumo, el ascetismo dictado por los bancos, el cocooning obligado por los subidones hipotecarios o la frugalidad exigida por el miedo a perder ese trabajo del que tanto nos quejábamos. La primera señal evidente de que el planeta puede agradecer este parón es que la venta de gasolina ha descendido casi un 10% en los últimos meses y que los conductores circulan ahora más lentamente que antes. En fin.

Stephen Hawkings declaró hace poco: “En menos de 100 años la humanidad se enfrentará a un cataclismo sin precedentes”. La frase fue pronunciada antes de conocerse las cifras macroeconómicas de las últimas semanas. De haber sido así habría manifestado: “En menos de 105 años la humanidad se enfrentará a un cataclismo sin precedentes”. Ya conocen el refrán: “No hay mal que por bien no venga”.

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