Principio de incertidumbre

  • La lluvia volvió a deslucir una jornada marcada por los regresos y las suspensiones

A  eso de las 13:30 de ayer, un hombre joven, alto y de porte atlético, aunque con la mirada distraída y expresión de pocos amigos, entraba en una herboristería del centro. El propietario, que atendía en un mostrador, se dirigió a él inmediatamente con cierta familiaridad, lo que dejaba en evidencia un vínculo entre ambos, no demasiado estrecho pero sí lo suficiente para dar rienda suelta a la camaradería. Este otro hombre, también joven como el primero aunque con un poso de madurez en la voz, como si alguien de más edad hablara en su lugar, reparó en el aspecto cetrino del recién llegado:

-Hombre, pero qué mala cara tienes hoy.

-Sí, no me encuentro bien.

-¿Y eso?

-Ayer no pude sacar al Cautivo.

-Bueno hombre, ya se te pasará.

-Sí, se me pasará el 2 de abril.

-¿Cómo? ¿El 2 de abril? El 2 de abril ya ha pasado.

-El 2 de abril del año que viene. El próximo Lunes Santo. 

Que una procesión no salga de su casa hermandad por culpa de la lluvia, o de su mera amenaza, se traduce en un ansia que nazarenos y hombres de trono mantienen intacta hasta que finalmente las imágenes salen a la calle, aunque el plazo sea de un año. Lo que ocurre es que esta Semana Santa se está pareciendo al Principio de Incertidumbre de Heisenberg: si la meteorología permite aventurar cuáles van a ser los sucesos climatológicos de cada día, las coordenadas respecto a la lluvia se están dando estos días en variables tan ínfimas que incluso la misma naturaleza de la medida puede impedir la predicción de su comportamiento. Dicho en cristiano: que llueva o no depende de elementos tan impredecibles, incluso azarosos, que las cofradías se ven obligadas a tomar decisiones in extremis a menudo  abocadas a la tragedia. Resulta muy duro suspender o hacer regresar una procesión por lo que pueda pasar, y la sensación de frustración es mayor. Ayer, la jornada pareció calcada a la del lunes: un chaparrón copioso caído a eso de las 18:30 y unas previsiones nada favorables para la madrugada provocaron la suspensión de la procesión de las Penas y el regreso a Nueva Málaga de Nueva Esperanza cuando ya había llegado a la ermita de Zamarrilla en un trayecto emocionante y ejemplar. Rocío (que estuvo a punto también de regresar a la Victoria, aunque al final sus responsables decretaron la continuación según lo previsto), Estrella, Rescate y Sentencia salieron a la calle con un ojo en el asfalto y otro en el cielo. Cada paso de los portadores era un reto y a la vez un motivo para la esperanza. Basta una nube para estropearlo todo, pero las verdaderas tempestades se libran en los ánimos de quienes esperan un año.

Razón de barrio

El Martes Santo concede tradicionalmente el protagonismo al barrio de la Victoria, con las procesiones del Rocío y el Rescate. Por aquello del mal tiempo, no obstante, las salidas de ambas convocaron ayer a bastante menos gente que en años anteriores. En la plaza Marcelino Champagnat, entre la calle Altozano y el jardín de los monos, la Novia de Málaga fue la primera en conquistar la calle, colmada de claveles y hermosa como siempre, entre los aromas del algodón de azúcar y un asador de pollos cercano, pero fueron menos quienes la recibieron y quienes la siguieron por la Cruz Verde. Merecía la pena, en este tránsito, volver a reparar en los balcones, que competían por lucir la reproducción más grande y más fiel de la Virgen y en los que tanto abuelas de lágrima en ristre como nietos alborotadores se apostaban para no perder detalle.  Era la hora de comer y en algunas casas olía a guiso, y entre el respetable abundaban los bocatas de tortilla y los litros de cerveza. Algunas horas más tarde cayó el ensombrecedor chaparrón y la salida del Rescate, en la calle Agua, ahora sí en pleno chupitira, peligraba como una misión militar en Libia. La afluencia, de nuevo, fue menor, aunque se formó en la calle Victoria la tradicional feria con vendedores de globos y golosinas. Los paraguas abiertos y las aceras mojadas hacían presagiar lo peor. Dos nazarenos que se disponían a entrar en la calle Agua con sus capirotes en la mano daban por hecho que no iban a salir. Pero unos aplausos media hora después de la hora prevista se tradujo en un inmediato consuelo en los corazones. Los balcones volvían a estar atestados, los padres llevaban a sus pequeños en hombros, los videoaficionados preparaban sus pértigas para no perder detalle y sí, la Victoria volvía a ser lo que se esperaba de ella, con su mestizaje identificativo (la pandilla habitual de subsaharianos que se dan cita todas las tardes en el locutorio de la calle Victoria justo frente a la calle Agua defendía su sitio a capa y escapa, mientras en la tienda de alimentación Yuan-Yuan la familia china que regenta el negocio observaba cada detalle con la placidez de quien lleva mucho tiempo viviendo en el barrio), sus contrastes arquitectónicos, sus tradiciones travestidas en mitos y el milagro de Jesús del Rescate y María de Gracia manando de la calle Agua como de una fuente, ya sin riesgo de enganche por tendidos eléctricos. Así que la Victoria tuvo su ración de Semana Santa, y muy cerca, en la Cruz Verde, la Sentencia fue la última en ponerse bajo la advocación de las nubes con teresiana disposición, hágase tu voluntad.

Pasión nómada

A falta de que los próceres del turismo confirmen los datos de ocupación y viajeros una vez acabada la Semana Santa, resulta significativa, y en claro contraste con lo anterior, la abrumadora presencia de turistas internacionales estos días en la ciudad. A los habituales italianos y alemanes ayer se sumaban los orígenes más diversos: japoneses que compartían en solidaridad el chasco del inmediato regreso de Las Penas nada más poner los pies en Pozos Dulces, mexicanos asombrados con la estampa que regalaba la Estrella a su paso por el Puente de la Esperanza, indios que daban con unos shawarmas mientras el Rocío se lucía en la Tribuna de los pobres y una familia procedente de Europa del Este (creo que lituanos) con su padre, su madre y sus cuatro hijos pasándolo en grande frente a la mismísima tribuna de la Plaza de la Constitución a la espera, inútil, de Nueva Esperanza (que protagonizó en Zamarrilla, justo antes de su regreso, uno de los momentos más hermosos de la jornada). Así es: la Pasión malagueña es políglota, babilónica, nómada. Como ese misterio al que llaman alma.

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