Solo la sed alumbra en La Trinidad

  • La estampa de Jesús Cautivo y la Virgen de la Trinidad frente al Hospital Civil, a la vista de todos

  • El obispo reprende las malas actitudes cofrades

Con la penumbra habitual de una noche nublada y pasada por agua, de ambiente frío y espacios aún desiertos porque el sol no calienta, la torre de la parroquia de San Pablo se convierte en faro de referencia. Entre los edificios aún silenciados por sus habitantes, la silueta neogótica brilla con luces artificiales para indicar que algo ocurre en uno de los lugares más arrasados del barrio de La Trinidad. Allí, frente a solares que requieren más atención de los políticos malagueños que los toques de campana (con Cassá y De la Torre en la pomada), todo comienza con la sensación que tuvo Cristo en la Cruz. "Tengo sed", dijo el Mesías cuando los romanos se burlaban de él en el Gólgota y le dieron de beber una esponja mojada en vinagre.

Esa misma sed es la que alumbraba a los devotos y fieles en su sendero hacia el templo donde el Señor de Málaga esperaba en la penumbra. El viento quiso ser protagonista de una mañana gélida, como hacía mucho que no se recordaba, mientras despacio se abrían las puertas y bajo el dintel de San Pablo aparecían recortadas las siluetas de Jesús Cautivo y la Virgen de la Trinidad Coronada en el primer aplauso. El más emocionante. El más esperado. Nada impedía que la inquietud se llenase de gozo por un momento para cambiar el rumbo hacia el recogimiento y la cercanía.

Monseñor Catalá comenzó su la misa del alba aguantando el tipo frente a las corrientes de aire. El acto, celebrado de pie para todos los presentes, debía ajustarse al tiempo y el obispo lo sabía, por lo que pronto llegaron las lecturas de la jornada: el profeta Ezequiel recordó que Dios proclama una alianza donde reúne a todos sus hijos bajo un mismo reino. El Salmo, para aportar la paz que tanto depositaban los fieles en Jesús Cautivo, para el pastor que cuida a su pueblo. El Evangelio para la simbólica subida a Jerusalén de Cristo y el anuncio profético de Caifás sobre la muerte de Jesús.

El obispo Catalá, acompañado de dos sacerdotes que se estrenaban en el cargo durante la misa del alba -José Sánchez como Vicario General y Manuel Ángel Santiago como delegado de Hermandades- no dudó en aprovechar la ocasión de la homilía para ser, tras mucho tiempo de silencio, contundente con las cofradías haciendo un símil con las barras que extrajeron recientemente al Cautivo: "a veces penetra dentro de una hermandad algún elemento ajeno a la naturaleza de la misma, que daña su identidad desde el interior", haciendo alusión a la falta de sentido cristiano. La reflexión íntegra merece una lectura crítica hacia cada uno.

Terminada la eucaristía, llegó el momento del pueblo. Su máxima intención era tener cerca a las imágenes para poder rezarles y pedirles por tantos momentos y situaciones que muestran las miserias y debilidades. La Trinidad Sinfónica acompañó al trono y, el resto, era su propio pueblo. Por Don Juan de Austria, Jaboneros o Jara, el camino hacia el Hospital Civil fue un reguero de claveles rojos. En el camino, saetas a micrófono en las avenidas.

Llegados al Hospital Civil, todo cambió a mejor. La presencia del trono ante la puerta de urgencias y la disposición de los enfermos facilitó que todo el que quisiese pudiese contemplar, con más o menos distancia, el acto. Dos saeteros, mujer y hombre, para entonar cantos al Cautivo y la Trinidad, mientras se repartían las medallas bendecidas por el Vicario General, José Antonio Sánchez Herrera, un clavel y unas innovadoras estampas rectangulares con factura de Juanma Sánchez. Las emociones, más entre los enfermos que entre las batas blancas, viajan directamente a los ojos del Cautivo. Finalizado el acto en el centro hospitalario, era el momento de retornar a la realidad del barrio de La Trinidad. A los lanzamientos de claveles -algunos residuales en altura, pero respetando la restauración de la imagen y el protocolo de cuidar que no rozasen al Cautivo gracias a la recogida de los hermanos- se sumaba la banda de cornetas de la propia corporación nazarena.

Un pueblo entregado a la memoria de sus mayores, que hoy se ausentan. A los recuerdos de un barrio en extinción que guarda en los retazos de San Pablo y su Soledad la memoria histórica. A una calle larga para que nadie pierda un detalle de lo que, en lo más escondido, un abrazo cariñoso en familia lo diga todo. La insistente música y el redoble de tambores que ya anuncia la llegada de una semana cuando el Señor de Málaga se erige protagonista de una realidad. La Trinidad que vuelve a respirar vida mientras su más alta torre sigue siendo faro para los sedientos que van por agua.

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